¿Irán es un régimen platónico?


Sostengo la siguiente hipótesis: Irán es el sistema político más cercano al Estado teorizado por Platón. Para dimensionar la realidad de dicha afirmación es necesario, previamente, dotar de un significado preciso la idea de lo político desarrollada por el griego. Más allá de lo que pueda ser sostenido por los historiadores de las ideas resulta ininteligible, por otra parte, cualquier conformación de sentido si no se atiende el contexto por el cual las ideas son desarrolladas. Y aunque la teoría política platónica sigue siendo examinada hoy en día, incluso en los albores de la conformación de un nuevo sistema-mundo ante el decadentismo occidental, identifico al menos un camino tripartito en la maduración de la politeia, cuya idea es perfeccionada a través de la vida de Platón no en los diálogos La República, no en El Político, sino en Las Leyes. Otra cuestión no menos importante es el status del conjunto de habilidades de las que nuestra sociedad contemporánea se ha valido para el procesamiento del conocimiento corriente, es decir, que un mundo altamente tecnologizado no implica agenciar el entendimiento de la información que hace circular, lo cual desemboca, se observa claramente, en la paradójica realidad de la desinformación: nuestro mundo, por tanto, no estaría listo para el último desarrollo cibernético, pienso. Los problemas que de aquí se puedan derivar implican una oscura era de silencio en el diálogo humanista en tanto la tecnología vuelve a lo que queda de los seres humanos (despolitizados, secularizados, hiper-tecnologizados) al mundo de la imagen no abstracta, o al mundo del individualismo en sociedad, como entender que una persona conviene con otras tantas sin involucrarse verdaderamente en el espacio público de lo político, que es la única habilidad, junto con la meditación ontológica, que podría diferenciarnos del reino animal. Lo anterior es imprescindible para entender un axioma doble de la fundamentación política: no existe el destino civilizatorio sin su correspondiente sustento mitológico; toda política es metafísica, toda metafísica es política.

Este no podría ser, naturalmente, el espacio en que estas ideas sean precisadas en toda la claridad de su contorno epistémico. Me parece interesante, por ahora, señalar el paralelismo entre las ideas platónicas en su mejor diálogo respecto a nuestros fines, Las Leyes, en que el filósofo proclama la necesidad de una monarquía filosófica, es decir, teocrática, junto a su correspondiente cuota de democracia. Podría afimarse, entonces, que el resultado de los viajes de Platón y sus fallidas aventuras políticas en Siracusa no fue otro sino el de la materialización moderada de sus ideas de juventud; el mejor régimen político es mixto, a saber, entre el estatuto conformador de la monarquía, representada por la antigua Persia, y el destacado ejemplo de la democracia griega. Así lo afirma el ateniense en Las Leyes, 693a:

Pues bien, escucha: entre las constituciones hay algo así como dos madres de las que se puede decir con razón que han nacido todas las demás, y con justicia podemos dar a una el nombre de monarquía y a la otra el de democracia; la primera llega a su grado máximo en el pueblo persa; la segunda lo consigue entre nosotros, y todas las demás formas constitucionales, lo repito, son variedades de estas. Ahora bien: es necesario que esos dos elementos vengan representados en todas ellas, si se quiere que haya libertad y unión junto con la sabiduría; esto es lo que nuestra argumentación pretende reivindicar, cuando afirma que, de no tener parte en ambos elementos, ninguna ciudad podrá estar bien gobernada.

Si uno atiende la vida mitológica del ser humano en su puesta en marcha cultural, no podría desdeñarse o ponerse en tela de juicio el favorable papel del tesoro histórico de cada civilización. Irán sería, de ese modo, una de esas civilizaciones (como la India o Mittelamerika) que destacan por su fuerza histórica. Desde su revolución en los años setenta, Irán se configura junto con Rusia, China y Norcorea como antítesis de la política globalista estadounidense, no solamente por el dominio soberano de sus hidrocarburos y su privilegiada ubicación geográfica sino también por la trascendencia de su credo místico. Es necesario recordar que de las tres gran religiones monoteístas, el Islam es la más cercana en el tiempo. Obsérvese también que cada una de ellas ha sintetizado a las prácticas religiosas que le antecedieron, tanto como el judaísmo hizo con las creencias de sumeria o babilonia; la primera cristiandad con el judaísmo y, finalmente, el Islam con las dos anteriores. Se confirmaría de esta manera la supervivencia de las ideas teológicas que son, hoy en día y acaso como nunca, el motivo de las sangrientas disputas políticas en Medio Oriente, sobretodo, y en el resto del mundo. Ello implica la existencia de un espacio teocrático figurado, que no es vencido por el paso del tiempo. La teoría de la secularización, por tanto, computa en cero.

A diferencia de gran parte del mundo islámico, es preciso señalarlo, Irán descuella por el chiísmo que practican la mayoría de sus habitantes, cerca del 90-95%, según datos de la CIA. Recuérdese que las divisiones internas al seno del Islam provienen de la continuidad del califato universal del Profeta, familiar o efectivo. Con ello el aislamiento estratégico del país persa cobra un nuevo sentido pues, por una parte, el Zeitgeist regresa a los nacionalismos y a su vez, no menos importante, el gobierno que detenta la clase sacerdotal de los ayatolás ha logrado preservar la ortodoxia fundacional de su Estado, pese a los casos de corrupción de los que últimamente se polemizado al gobierno, el cual es, por cierto, fruto de la influyente Revolución de 1979 en la que el ayatolá Jomeiní destronó al otrora rey de reyes, el shah Reza Pahleví, con el que se avino el fin de la era de la influencia estadunidense en dicho país.

No parece fortuito, de tal modo, que la mitología política de Irán, de admirable conformación soberana, se contraponga a la de Washington, que ya vislumbra un posible escenario de guerra con el otrora reino de Ciro el Grande.

Cabe recalcar la ironía del entrecruzamiento cultural entre oriente y occidente. Al respecto, Hamid Dabashi, profesor especializado en iranología y política de la Universidad de Columbia ha comentado, deferentemente, que nuestra idea de Occidente ha sido moldeada, en gran parte aunque no únicamente, por la fecunda muestra civilizatoria que Persia ha legado al mundo como decir que, en esta parte del globo, la cultura mesoamericana proveyó la riqueza material y espiritual con la que el reino de España conquistó Europa. México sería desdeñado tanto por Europa, entonces, como Irán combatido ideológicamente por el gobierno militar de Estados Unidos. ¿Pero es posible estragar el kernel mitológico que el tiempo cientifista no puede vencer? Los casos de Irak y Siria están en la mesa y los próximos años (o meses) confirmarán el verdadero papel de Irán en la conformación de un nuevo orden mundial.

Al sintetizar en su fuero interno las ideas platónicas de democracia y monarquía, y al preservar el espíritu teológico del Islam, Irán se ha posicionado como una potencia civilizatoria en medio del aciago mundo contemporáneo post-capitalista. A nivel simbólico, dada la confrontación nuclear con Estados Unidos, estaríamos ante la guerra de amplias dimensiones entre la filosofía humanista y el mercado utilitarista que todo lo que observa lo destruye.

¿Irán fue el sueño de Platón?

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