El pacto filosófico sino-ruso, y el resultado del G-20 en Argentina

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por Miguel Ángel Cabrera

 

La esencia de las cinco tesis filosóficas de Mao Tse Tung recuerdan mucho aquella idea que refiere Aristóteles en La Política: solamente a través de la formación del bien común y de su participación en la comunidad (ἀγαθοῦ χάριν), el entendimiento del ser humano alcanza su plena perfección; el objetivo y el mejor de toda asociación política es la autosuficiencia que provee el Estado (ἡ δʼ αὐτάρκεια τέλος καὶ βέλτιστον). Este supuesto está imbricado en el desarrollo histórico de las naciones y, como tal, debe ser ponderado en relación a la facticidad de los acontecimientos más recientes en el G20 de Buenos Aires, cuyas metas financieras se han visto rebasadas por el primado de la geopolítica, tal como el comunicado conjunto y oficial propala, y que ha llevado a sus integrantes considerar reformas pertinentes ante el ascenso del proteccionismo.

 

De esta manera, el estudio de las relaciones internacionales alcanza su pleno sentido según la creciente interdisciplinariedad del análisis científico, cuya naturaleza aspira a la sofisticación diacrónica de la mirada filosófica. Es inevitable, por tanto, colocar frente a frente los hechos del pensamiento, la historia, contra los hechos manifiestos, la actualidad. Pues bien, en la tónica del G2 de facto llevado a cabo tras las celebraciones oficiales del G20, ¿cuál es la razón que lleva a Trump a acercarse a China después de haberlo hecho hace un año con su homólogo ruso? A mi juicio, ese aparente golpe de timón debe entenderse según el resultado de las elecciones intermedias legislativas celebradas el pasado 6 de noviembre.

 

Así, según el análisis tanto de M. K. Bhadrakumar como de Arkady Savitsky, aunque los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes, Trump se fortaleció en el senado, el cual tiene mayores facultades en el desarrollo de la agenda internacional. Ello implicaría que, para mantener e incrementar su indiscutible popularidad de cara a su campaña de re-elección de 2020, el discurso de Washington deba ajustarse a una mayor promoción de la paz. El daño o el efecto a la diplomacia de la administración previa, la de Obama, no obstante, está hecho, por lo que se vuelve más probable que se sigan acendrando  los regionalismos nacionalistas y la multipolaridad. Europa, por ejemplo, vela más ahora por sus propios intereses y se acerca a Rusia al distanciarse de Trump. El frente doméstico de EEUU, por otra parte, cobraría una mayor relevancia debido a que los resultados de las anteriores intervenciones militares fallidas han pasado a un segundo plano por el alto endeudamiento que provocan a la sociedad estadunidense (cerca de un trillón de dólares anuales en detrimento, verbigracia, de la infraestructura), lo cual obliga a Trump a concentrarse en los problemas internos de su país. Qué ironía, entonces, que el presidente de EEUU detente ahora mayor poder en la agenda de las relaciones exteriores. Eso quiere decir, por ejemplo, que el discurso contra los migrantes y el muro antimexicano, —en el fuero doméstico de la zona de Norteamérica que capturó a México y a su estratégico petróleo en aguas profundas—, de la mano de su discurso protestante, racista y supremacista, tenderían a radicalizarse para seguir ganando entre sus simpatizantes protestantes, que fueron los que, preponderantemente, le dieron el triunfo en 2016.

 

Se desvela así, desde las entrañas de su estructura legal, la inestabilidad de la política internacional de Washington que, entre otros casos, se ha desdicho de su acuerdo nuclear con Irán. La volatilidad de esta manera de operar políticamente contrasta con el paciente modelo chino de desarrollo, cuyo auge debe hacerse notar respecto a los objetivos de largo plazo instrumentalizados por Den Xiaoping como una Weltanschauung de la China civilizatoria ante el mundo occidental, y occidentalizado, al normalizar las relaciones con EEUU el 16 de diciembre de 1978, apertura que refiere Chas Freeman en seis puntos nodales, a saber:

  1. La nombradía del pensamiento inductivo antes que el deductivo, es decir, buscar la verdad desde los hechos mismos – 实事求是.
  2. La liberación de la mente, – 解放思想 – lo que implica explorar en las formas no chinas de percepción de la realidad.
  3. La promoción del instinto ciudadano empresarial.
  4. La imperiosa necesidad de aprender del extranjero. 以实践为真理的唯一标准 – la práctica es el único criterio de la verdad
  5. El aprendizaje local y regional a través de la experimentación que refleja el slogan: cruzar el río sintiendo las piedras – 摸着石头过河 –.
  6. La implementación de contrapesos políticos que reflejasen una diversidad de opinión disciplinada.

 

A su vez, Leonid Savin hace notar que ya desde su pacto con India en 1954, Beijing logró poner en práctica los comienzos de la estrategia de la multipolaridad o duojihua, – 多极化 – asentados ideológicamente como definitivos por Huan Xiang, —asesor de seguridad nacional de Den Xiaoping— al argumentar que el desgaste de los participantes de la Guerra Fría (la Unión Soviética y Estados Unidos) prepararía el camino, eventualmente, para el recibimiento planetario de una nueva superpotencia oriental.

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El surgimiento de largo plazo e histórico de China como la primera potencia económica mundial, así como las consecuencias de la crisis financiera estadunidense de 2008, —que han llevado a la quiebra económica a EEUU, cuya deuda a septiembre de 2018 asciende a $21,4 trillones de dólares, maquillada por la facilitación cuantitativa de la Reserva Federal— entonces, vuelven improbable la victoria de la reciente guerra económica de Trump sobre Beijing, pese a las enérgicas afirmaciones respectivas de James Rickards (asesor financiero del Pentágono) y Ely Ratner (colaboradora en el journal Foreign Affairs) en relación a la superioridad económica y política de Washington, en detrimento de la calificación moral de China como régimen totalitario. El aparentemente repentino giro benévolo de Trump hacia el presidente Xi Jing Ping en favor de una tregua de 90 días como resultado de su reunión al margen del G-20, tregua en que EEUU congelaría la guerra comercial a cambio del incremento de las ventas de sus productos a China, así, se explica como el desvelamiento de la mentalidad inmediatista de los estadounidenses junto con el de la dilapidación de su poder financiero. Frente a esta perspectiva, la multipolaridad entre Rusia, China y EEUU, de la mano de la sustitución del petrodólar como divisa económica, descubrimos, es inevitable, lo cual no es sorpresivo pues es ley histórica que toda hegemonía unilateral dialogue, eventualmente, con lo efímero de sus circunstancias vitalicias como sucedió con los casos de Atenas, Macedonia, Persia o el Sacro Imperio Romano-Germánico.

 

La estrategia propalada por Kissinger que pretende dividir la alianza entre Rusia y China, por otra parte, hace pensar sobre sus fundamentos filosóficos en la medida en que las naciones por su propio nombre no son entidades abstractas sino que, contrariamente, su concreción se debe a circunstancias materiales muy precisas: todo personaje viste una máscara y una actitud vital diferenciada, como lo implica la existencia conceptual de la región de Eurasia y de la Región Económica Euro asiática (EEU).

 

Durante el G20, según han confirmado la Casa Blanca y el Kremlin, Vladimir Putin y Trump han evitado un diálogo tangencial y directo debido a la reciente captura de dos bajeles ucranianos en el estrecho de Kerch por parte de los militares rusos, lo cual ha tensado las relaciones bilaterales en beneficio del acercamiento entre Washington y Beijing, de manera que Moscú aparecería ahora relegada de la tripolaridad.

 

La realidad es que Rusia no sólo mantiene un destino geográfico con China y el resto de sus vecinos orientales sino que, además, como se infiere de lo referido por el ideólogo de Putin, Alexander Dugin —formulador de la Cuarta Teoría Política, quien difunde la idea actualizada de un espacio de conformación vital, semejante a su predecesor intelectual Heidegger que propugnaba la superación de la Modernidad por vía de una conformación metafísica del espacio—, la filosofía marxista-leninista de China y el neo-gramscianismo son los más poderosos aliados contra la hegemonía del capital del occidente financiero en el marco de la Teoría de la Multipolaridad (TMW por sus siglas en inglés), contraria a la corriente filosófica de la Teoría Crítica (preponderantemente europea). Según Dugin

la TMW es el establecimiento de un concepto de contra-hegemonía en un ámbito teórico concreto. Hasta cierto punto, la TMW sigue estrictamente el pensamiento gramsciano. Pero cuando arriba a la expresión de un pacto contra-hegemónico, surgen algunas divergencias. La más importante de estas involucra la negación del dogmatismo de izquierda; la TMW se niega a considerar a la transformación burguesa de las sociedades modernas como una ley universal, lo cual coloca al gramscianismo y la metapolítica pertenecientes a la TMW más cercana a la “Nueva Derecha” (de Alain de Benoist) que a la “Nueva Izquierda” (de Robert Cox) pero sin excluir al marxismo al punto de volverlo su aliado en la lucha común contra el capital y la hegemonía. Estrictamente hablando, el término “gramscianismo de derecha” no es completamente correcto – pues sería más correcto hablar de un gramscianismo inclusivo, es decir, uno en que se define a la contra-hegemonía como todo tipo de discurso anti-hegemónico, generalizando así etimológicamente la ambigua preposición “contra”. Esto se diferencia claramente del gramscianismo exclusivista en que el concepto de contra-hegemonía es codificado muy limitadamente como post-hegemonía [Dugin hace aquí una referencia tácita al post-liberalismo de Wallerstein]. La TMW propugna un gramscianismo inclusivo. Esta postura supera la distinción entre izquierda y derecha y trasciende los límites conceptuales de las ideologías políticas de la Modernidad, desembocando así en la Cuarta Teoría Política que está inextricablemente vinculada a la TMW.

 

La alianza entre Rusia y China, se observa, obedece al resultado de los procesos históricos que iniciaron en el siglo XVIII con el advenimiento de la tecnificación y la Ilustración modernizantes de la que Marx partiría para idear su programa anticapitalista.

 

La consolidación de la Región Económica Euroasiática —con un mercado integrado por 183 millones de personas y un PIB de más de $4 trillones de dólares—, que en fechas recientes aprobó la creación de una zona de libre comercio con Irán para contravenir las sanciones de Washington, así como las tres nuevas Rutas de la Seda (BRI por sus siglas en inglés) representan un contrapeso histórico y natural como inevitable a la hegemonía occidental de Estados Unidos, Inglaterra, Europa y Japón tanto como la complementariedad que adquiere con la iniciativa del bloque RIC (Rusia, India, China) impulsada por Putin durante las pláticas del G-20.

 

Según el metrónomo histórico, no es muy probable ni posible que Estados Unidos divida el pacto geopolítico entre Rusia y China. Para evitar una guerra, ¿podrían estas dos superpotencias aparentar ante la opinión internacional la suspensión de su cooperación estratégica?

 

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