Titixe, Leviatán y el mito del maíz

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Nota: este ensayo fue premiado con una mención honorífica en el noveno concurso de crítica cinematográfica Fósforo Alfonso Reyes  dentro del marco de las actividades artísticas del Festival Internacional de Cine de la UNAM, FICUNAM 2019.

 

Miguel Ángel Cabrera

 

Sinopsis: En los terrenos de un campesino de Puebla, la familia que le sobrevive intentará hacer una última cosecha. Se enfrentarán a los desafíos de un campo abandonado a su suerte en que las inclemencias del clima y el tiempo social se han vuelto escollos infranqueables.

La actual crisis del mundo occidental es la del mundo sin sentido. Una crítica amigable y franca no podría por menos de tomar en cuenta la existencia de la producción cinematográfica en relación a los acontecimientos que, desenvolviéndose a través de fakenews o de la guerra mediatizada por toda ideología que se considere superior, trasluzcan la verdadera situación de los hechos sociales: pensar siempre incomodará a alguien porque todos somos entes politizados, conscientemente o no. El acto de escribir, de ese modo, se resignifica como una herramienta que esculpe el pensamiento humano, por lo que no están exento de ello los filósofos, sociólogos y artistas por igual. En realidad, el acto de pensar no puede encontrarse sin aquel del diálogo, y el diálogo implica haber observado, examinado el mundo, la conditio humana. En ese sentido, toda obra cinematográfica es una obra literaria porque narra una manera particular de concebir el mundo, con lo que se demuestra que el cine es una de las máximas palestras democráticas e inclusivas a las que aspira la creación artística, y como tal debe ser valorado. De ahí que el mundo occidental deba tomar nuevamente en consideración su excelente historia como albacea del ágora griega en que nació la pluralidad y el logos civilizatorio, es decir, la palabra como herramienta creadora de la realidad y, con ello, del sentido. La historia, así, encuentra en el cine un valioso aliado, un fractal en medio del caos.

En Titixe, de Tania Hernández Velasco, la realidad política del campo torna su esencia para representarla como uno de los casos de la realidad mexicana contemporánea, cuyo inevitable ethos nos impele a experimentar, aunque sea a través de las representaciones visuales, la tierra y la dificultad, y el arte, y la agonía y el suspiro de ser campesino. Las apariencias, en un mundo tecnologizado, no son conciliadoras. La conciencia del campo, de ese modo, depende más de la conciencia urbana, por lo que surge la inevitable pregunta: ¿qué significa la tierra para los habitantes de las grandes ciudades? En los países ampliamente industrializados ser campesino es sinónimo de ser un empresario exitoso: la percepción del campo difiere según su simbolismo herede al gremio en cuestión ya no sólo la capacidad de ser autosuficiente, sino de dotar, in extenso, al campesino de cada país de una identidad civilizatoria. Así, parece inevitable y lógico contextualizar la idea misma de la tierra, la idea nodal y conceptual que vincula al ánthropos con el cine, trabajo que precisa de un lenguaje comunicacional de acuerdo al desvelamiento de la identidad de la tierra. Al responder a nuestra primer interrogante, entonces, es posible darse cuenta que, en México y desde las urbes, se ha formado en torno al campesino una falsa idea de pobreza, es decir, una coraza a manera de prejuicio y, lo que es peor, uno que polariza al mismo tejido social.

En México ser campesino, para las clases medias, es sinónimo de pobreza. Esa es la realidad, y es una realidad impactante porque lastima unas de las grandes herencias filosóficas de todo país, a saber, el culto antropológico de la abundancia ritual. No puede resultar sospechoso que el campo, la economía real por antonomasia haya sido descuidado cuando, ¿quién podría negarlo? las finanzas, —y el uso rapaz del dinero virtual que no depende del comercio—, lograron eclipsar totalmente una de las actividades humanas más antiguas, más valoradas y más dignas de ser humano. La agricultura no es, como podría pensarse, uno de los momentos pre-históricos antes de la aparición de la llama prometeica de la ciencia y el progreso, no. La agricultura, con su simbolismo místico, es uno de los gritos de exclamación más profundos de toda sociedad. A mi juicio, la agricultura es una celebración del Sol, una celebración por la vida, de una voluntad filosófica por vivir (Wille zum Leben). Como tal, asegura en torno a su existencia el devaneo de toda una mitología sagrada a la que el sistema financiero internacional ha puesto grandes cortapisas, aniquilándola según el llamado de la libre competencia, de las utilidades marginales y de la acumulación irracional del poder por el poder.

Mostrarnos esa realidad velada en gran medida a los habitantes de las grandes urbes ha sido el mayor logro de Tania Hernández. En ese punto me basaré, por otra parte, en la filosofía del alemán Carl Schmitt para mostrar la manera en que tierra y mar se contraponen mutuamente, cada uno según el fecundo simbolismo que le alimenta. Si nos asomamos a la historia de la idea occidental de tierra, entonces, encontraremos la historia de una pugna entre dos mentalidades que se retrotraen a las ciudades griegas de Atenas y Esparta. Hagamos un poco de historia. La ciudad del Partenón, Esquilo y Aristóteles, refieren los historiadores de las ideas, hizo depender su prosperidad económica basada en un tipo de mentalidad comercial cuyo principal simbolismo es adquirido de la fuerza del mar. Las fragatas atenienses vigilaban las cuencas del Mediterráneo y esparcían los productos hacia el Asia fenicia o las lejanas ínsulas italianas de Magna Sicilia. Nos habíamos educado equivocadamente con la idea de que únicamente Atenas fue uno de los orígenes más preclaros de la civilización occidental.

En realidad, según se observa al desmenuzar la psique helénica, la mentalidad marítima de Atenas se contraponía a la de Esparta, —tan defendida por Jenofonte, alumno de Sócrates, pero también por Platón—, ciudad en que los habitantes lograban su autosuficiencia al destacarse por sus habilidades continentales, es decir, agrícolas. Esparta, curiosamente, despreciaba, según Plutarco, el comercio marino tanto como despreciaba la formación de la incipiente banca ateniense en que lingotes de oro y plata se acumulaban para beneficiar exclusivamente al supremacismo ático. Según Hegel “Así como la tierra, el suelo firme, es la condición para el principio de la vida
familiar, así el mar es la condición para la industria, el elemento vivificante que
la impulsa hacia el exterior.” El máximo legislador de los espartanos, el mítico Licurgo, debido a la corrupción social que invocan los metales preciosos, prohibió la circulación en la economía de la moneda de oro y plata en Lacedemonia, y acuñó y validó un tipo de moneda hecha de hierro cuyo valor nominal era bajísimo.

Diremos aquí, por tanto, que Atenas, como más tarde Inglaterra y EE.UU., verbigracia, han sido regidos por una talasocracia, mientras que Esparta, Rusia y México (cuyo papel internacional es preponderante, aunque a veces no lo veamos) los representa una geocracia, con lo que es posible delinear la realidad beligerante de los elementos que fundamentan la psicología colectiva de un pueblo y, sobretodo, del significado mistificador de la tierra como posibilidad civilizatoria. Esta lucha intenstina es lo que Carl Schmitt resignifica de manera mítica como la guerra entre mar y tierra, entre la ballena marina del Leviatán contra el Behemoth terrestre. El pensador alemán se decanta por la tierra como el elemento primigenio de la condición humana:

 

Toda nuestra actual existencia, dicha o desgracia, gozo o dolor, son para nosotros vida «terrena» y —según los casos— paraíso terrenal o valle de lágrimas. Se explica así que en muchos mitos y leyendas, donde los pueblos han conservado sus más íntimos y viejos recuerdos y experiencias, aparezca la tierra como madre augusta de la humanidad. Fue la más antigua de todas las divinidades. Libros sagrados nos cuentan que el
hombre viene de la tierra y a la tierra ha de volver. La tierra es su raíz materna y él mismo no es, por consiguiente, sino un hijo de ella. En su prójimo ve al coterráneo y al autóctono. Entre los cuatro elementos tradicionales —tierra, agua, fuego y aire— es la tierra el destinado al hombre y el que le determina con mayor fuerza.

¿Quién podría negar que nuestro país no solamente una potencia agrícola sino también un espacio mítico? Desde la cosmogónica identidad como hijos del maíz, los mexicanos hemos destacado por la valoración del campo como símbolo de la grandeza del espíritu prehispánico. El mito quiché maya del Popol Vuh de la creación del hombre-maíz refiere lo siguiente:

He aquí, pues, el principio de cuando se dispuso hacer al hombre, y cuando se buscó lo que debía entrar en la carne del hombre. Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores, que se llaman Tepeu y Gucumatz; ‘Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir; los hijos esclarecidos, los vasallos civilizados; que aparezcan el hombre, la humanidad, sobre la superficie de la tierra’. Así dijeron. Se juntaron, llegaron y celebraron consejo en la obscuridad y en la noche; luego buscaron y discutieron, y aquí reflexionaron y pensaron. De esta manera salieron a luz claramente sus decisiones y encontraron y descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre. Poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre los Creadores y Formadores. De Paxil, de Cayalá, así llamados, vinieron las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas.

Estos son los hombres de los animales que trajeron la comida: Yac [el gato del monte], Utiú [el coyote], Quel [una cotorra vulgarmente llamada chocoyo] y Hob [el cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil y les enseñaron el camino de Paxil. Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la sangre del hombre. Así entró el maíz [en la formación del hombre] por obra de los Progenitores. Y de esta manera se llenaron de alegría, porque habían descubierto una hermosa tierra, llena de deleites, abundante en mazorcas amarillas y mazorcas blancas y abundante también en pataxte y cacao, y en innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel. Abundancia de alimento había en aquel pueblo llamado de Paxil y Cayalá.

La contemporaneidad y la talasocracia, entonces, nos hicieron olvidar por algunas décadas la realidad mística de la tierra, por lo que parece lejano para nosotros, en primer lugar, creer que un difunto ser querido pueda proveer a la tierra de una fecunda espiritualidad que, engarzada en un necesario ritualismo, haga restallar las mazorcas y los árboles y los frutos turgentes de los que vivimos. La realidad del mito, no obstante, nos rebasa. Eso quiere decir que el mito y los corpora de mitos deben ser revalorados al pensar toda manifestación artística. Estoy consciente de que me valgo de la crítica cinematográfica para hacer en este escrito una apología metafísica de la tierra, pero no parece realista abordar y explicar el simbolismo de Titixe sin hacer una alusión filosófica al lenguaje que pugna por hacerse valer de los elementos arcaicos del espacio materno; el mismo idioma náhuatl, en la obviedad de su utilización para el título de la película-documental, nos obliga a pensar el fuero cultural de la pluralidad y mestizaje profundo de México, con lo que la fuerza democrática del cine y de la crítica mexicana se vuelven radicales, lo que coloca a nuestro país en la vanguardia internacional de lo que significa, verdaderamente, ser pluralista.

De esta manera la identidad mexicana se encuentra destinada a promover la paz en todo conflicto, a construir el arte desde una crítica al belicismo que, en nuestros días, se agudiza con la neojustificación del fascismo y del racismo tremebundos: en México toda creación del espíritu, es decir, artística, siempre es el resultado de una síntesis cultural. Parecerá exagerado vincular en una crítica cinematográfica al campo mexicano con la álgida politización del mundo pero, ¿quién podría negar las implicaciones extra-fronterizas del cine? Sólo de ese modo el arte vuelve a su condición performadora que esculpe la realidad como esculpe el tiempo, según refería Tarkovsky. No hay que olvidar a su vez que el reconocimiento de esta manera de percibir el cine, desde su fuero político y cultural, implica a su vez el de la interdisciplinariedad (mitología, estética, sociología, economía, etc.) como herramienta pedagógica al revelar la crudeza de la realidad, por lo que la crítica resulta indispensable en la lógica de la fundamentación del sentido, de la renovación renacentista del espacio mítico en que vivimos, inexpugnablemente. Algunas personas podrán decir que me atrevo a desafiar el subjetivismo postmoderno, o que la idea de cultura como civilización es anacrónica. No obstante, la lucha desde las ideas, la noomachia, nos impele a ver más allá de toda individualismo y forma relativa, y a codificar el lenguaje comunitario de la nueva época planetaria que se abre ante nosotros.

La tierra es sagrada y la historia es su voz. En Titixe no solamente confluyen una música exquisita y el ardor nostálgico de un simbolismo aparentemente perdido, sino que se traslapa la primera inquietud que vuelve al cine una manera de hacer antropología visual, es decir, de tañer las cuerdas de la investigación por el sentido de la existencia humana. Vista desde la antropología y lo político, Titixe no es una película nostálgica que versa sobre el abandono del campo; en realidad es un acercamiento valiente a la problematización de la necesidad de la paz en tiempos que respiran de la indeseable militarización boyante de nuestro planeta. Lo que queda después de la cosecha es el enervante deseo de recuperar colectivamente la tierra.

 

Bibliografía:

Navarrete, Carlos (2002), Relatos Mayas de Tierras Altas sobre el Origen del Maíz: los Caminos de Paxil, México, UNAM.

Plutarco (1985), Vidas Paralelas: Licurgo, Madrid, Gredos.

Schmitt, Carl (2007), Tierra y Mar: Una Reflexión sobre la Historia Universal, Madrid, Trotta.

 

Ficha técnica:

Nombre de la película: Titixe.

Realizador, guión, fotografía y productor: Tania Hernández Velasco.

Co-producción: Rosa Galguera Ortega.

Producción ejecutiva: Nael Gharzeddine, Iván Löwenberg.

Año: 2018.

País: México.

Protagonistas: Yolanda Velasco Juárez, Concepción Juárez Zárate, Abel Velasco Orea, Abel Velasco y Valentín Velasco Orea.

Sonido y diseño sonoro: María Rodríguez Alcocer.

Edición adicional: Eduardo Palenque.

Música: Jorge Bolado.

Música adicional: Mario Bringas.

Diseño Gráfico: Juan Arturo García.

 

Twitter: @somacles

YouTube: Xochiatoyatl Media

Instagram: cabritocimarron

TITIXE – TRAILER from tania hernández velasco on Vimeo.

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