El problema es la definición de democracia: la geopolítica del Brexit y la crisis del parlamentarismo (parte 1)

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Palacio de Westminster, sede del Parlamento de Reino Unido

Miguel Ángel Cabrera

I. A tale of two civilizations

¿Qué pueden tener en común la historia del antiguo imperio persa con la crisis del parlamentarismo invocada por el Brexit? Parecerá poco esclarecedor para el lector de coyunturas poner en relación dos esferas políticas tan separadas por el tiempo, pero un análisis concreto de las circunstancias aclarará el sentido histórico de nuestra interrogante cuando en el centro de la discusión es colocado el tan ambiguo y modificable concepto de democracia.

El primer prejuicio nos impele, aunque sea en su generalidad, a hacer una obligada revisión ontológica del hombre occidental. Por mucho tiempo se ha creado una distinción existencial entre civilización y barbarie epitomizada por la idea moderna de ciencia y progreso contractuales, es decir, la del Estado de derecho materializado por la obediencia a las leyes generada gracias a la división del poder en ejecutivo, legislativo y judicial desde el nacimiento mismo de las revoluciones inglesa y francesa en el siglo XVIII, las cuales deconstruyeron casi en su totalidad a las monarquías europeas medievales.

Desde esa perspectiva, el ser humano occidental es la demarcación natural en el río del tiempo. El mundo antiguo, señalado principalmente en Roma y Grecia, de ese modo, se convirtió en el principal antecedente del Renacimiento y una de las guías espirituales para hacer vigente los ideales del despertar científico, de la autocracia democrática y la racionalidad como modo de vida.

De ahí se desprendieron dos fenómenos considerables: por una parte, el surgimiento de las revoluciones industriales empoderó tanto al capitalismo como a la banca, lo cual facilitó, por otra, el surgimiento de su propia crítica observable en la historia del marxismo en el siglo XIX a través de una filosofía que señaló la naciente degradación del ser humano frente al uso instrumental y maquínico de la razón.

Quizá una de las sociedades cuya naturaleza racional hizo gravitar con mayor fuerza la idea del capitalista haya sido representada desde entonces por el típico hombre inglés, tan orgulloso de su racionalidad como de los logros modernistas que hicieron pasar al hombre del barbárico estado de naturaleza al estado contractual, cuya normatividad hizo valer la idea que el rol fundamental del Estado es permitir las libertades, entre ellas, desde luego, la del derecho a la propiedad privada.

Hasta aquí no hay nada nuevo bajo el sol. A mi juicio lo verdaderamente novedoso se hace notar cuando se entiende que, para poder dimensionar la idea de hombre occidental, fue necesario crear una distinción antagónica por medio de la cual sería posible afirmar la propia naturaleza de Occidente. En ese sentido, se hizo del Oriente la contraparte oscura, totalitaria y antidemocrática por excelencia para crear un fondo sobre el cual matizar el empoderamiento del hombre europeo blanco, tradicionalista y racionalmente dotado para los negocios y la innovación tecnológica. Además, se reforzó esta identidad haciendo valer la historia misma de la antigüedad cuando los griegos lucharon contra el mundo persa. Por otra parte, tal distinción no nos resulta ajena cuando traemos al debate la polémica “guerra contra el terrorismo”, concepto supremacista inventado por EEUU para invocar un enemigo común en Medio Oriente a las democracias occidentales y justificar de ese modo las invasiones a Irak, Afganistán, Siria, etc. Añadamos a ello un vigoroso y esclarecedor pasaje del libro Democracia en Europa: historia de una ideología de Luciano Canfora que refiere al respecto, desafiante:

“Las guerras persas actuaron como un catalizador al crear la distinción entre griegos y bárbaros. ¿Cuál podría ser la diferencia esencial entre ellos? Los griegos vivían en ciudades y los bárbaros, no: los primeros eran libres y los segundos subyugados a la autoridad de un líder. Desde la primera línea de la Historia de Heródoto los bárbaros y griegos determinan los dos polos de la historia: ‘Heródoto de Halicarnaso muestra así su investigación, de suerte que los logros humanos no sean olvidados en el tiempo y que las grandes y maravillosas proezas, algunas alcanzados por los griegos, otras por los bárbaros, no sean sin su gloria’.

La contraposición de Europa y Asia es denotada en Ésquilo en su obra Los Persas (472 a.C.) por la imagen de dos hermanas, los dorios [griegos habitantes del Peloponeso] y los persas, que son enemigos. Esta visión se proyectaría a la guerra troyana retrospectivamente, por lo que los troyanos serían tildados de bárbaros. Por mucho tiempo la noción de Europa correspondió a la manera en que los griegos se definieron a sí mismos. En la Grecia de las ciudades-estado las siguientes ecuaciones enrraizaron profusamente: Grecia = Europa = libertad y democracia; Persia = Asia = esclavitud. ¿Pero realmente los griegos representaban ello? En un pasaje de su Historia, Heródoto argumenta muy claramente que, antes de Clístenes, la democracia política había sido ‘inventada’ en Persia por uno de los dignatarios persas involucrados en la conspiración que derrocó a Esmerdis. El padre de la historia lamenta el hecho que los helenos, durante lecturas públicas de su trabajo, se negasen a aceptar esta muy detallada y clara aseveración (III, 80).

Otro gran historiador de Grecia y Persia, David Asheri, ha escrito correctamente que en este pasaje Heródoto hace en realidad un ataque velado a la equivocada noción ateniense, y en general mediterránea, que afirma que la democracia es una invención griega. El siglo V a.C. (que de acuerdo a John Stuart Mill comenzó con una batalla que fue mucho más importante para Inglaterra que la de Hastings, es decir, la de Maratón) terminó con una visión horrorosa: aquella de las ciudades-estado griegas peleando unas contra otras para asegurar el favor y la asistencia financiera del rey persa. El Gran Rey, simbolizó, en sentido retórico desde luego ‘la esclavitud barbárica’ pero al mismo tiempo él era el benefactor ideal al cual volverse para adquirir ayuda militar y económica.”

¿A qué se refiere Heródoto cuando afirma que la democracia es una invención persa? Resulta que Cornelius Castoriadis, uno de los grandes pensadores del siglo XX y de una exquisita cultura turco-greco-francesa, también nos ilustra al respecto en el libro La Ciudad y las Leyes, formado a partir de sus seminarios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, a propósito de Historia libro III (intitulado Talía como la musa), capítulo LXXX, del padre de la historia, el primer pasaje polémico en que se discute antes que Platón o Aristóteles la idea de la conformación del mejor sistema de gobierno:

Situemos nuestro pasaje. Cambises acaba de morir en Egipto, durante el verano de 522 a.C. Un impostor, el mago Esmerdis, que se ha hecho pasar por un tocayo, el asesinado hijo de Ciro, ha usurpado el poder. Otanes, un persa de alto rango, lo desenmascara y, para desembarazarse de él, se alía con otros seis nobles, entre ellos, Darío. Esmerdis y otros magos son eliminados. En consecuencia, los siete conspiradores se adueñan del poder. Tres de ellos, Otanes, Megabizo y Darío, que aparecen como individuos de una magnanimidad y un sentido de la justicia incomparables –Solones y Pericles persas, en cierta forma–, cotejan entonces sus opiniones sobre los méritos de los diferentes regímenes políticos. De alguna manera, casi todos los argumentos presentados en el debate a favor o en contra del poder de uno solo, de varios o de todos reaparecerán constantemente de allí en más. El primero en hablar, Otanes, para defender la democracia, comienza por criticar la monarquía, ese régimen que da libre curso a la hybris de un hombre, como acaban de comprobarlo, dicen, con los excesos de Cambises y luego con los del mago Esmerdis. Y no podría ser de otra manera, dado que el monarca es anéuthymos [ἀνεύθυνος], irresponsable; no tiene que rendir cuentas a nadie. Les recuerdo que todos los magistrados de las ciudades democráticas griegas debían, por su parte, al abandonar su cargo, presentar una rendición de cuentas a la vez económica, moral y política. El mejor de los hombres, una vez solo en el poder, se sentirá infaliblemente impulsado –y la expresion es magnífica– ‘ektós son eothoton noematon’ [ἐκτὸς τῶν ἐωθότων νοημάτων], a apartarse de los pensamientos comunes y corrientes: saldrá de sus casillas. Nuestra historia contemporánea lo prueba en abundancia. ¿Por qué es así? Porque, prosigue, Otanes, el phthonos [φθόνος], la envidia, y la hybris [ὕβρις] son innatas en el nombre, y ambos vicios empujan a quien sea a cometer las peores monstruosidades. Uno envidia lo que poseen otros, y cuando tiene todo, quiere aún más. Un siglo después, Aristóteles dirá lo mismo de otra manera: el deseo adquisitivo es en el hombre un deseo que no conoce límites, un deseo sin fin, absurdo y vano. El monarca, en esas condiciones, se verá en la necesidad de transgredir los nomoi όμοι], las leyes y costumbres ancestrales, ejercer la violencia contra las mujeres – notable precisión: la violación de las mujeres forma parte del comportamiento habitual de un monarca – y matar a cualquiera sin juicio. En tanto que, sigue Otanes, el poder del plethos [πλῆθος], del pueblo, es el mejor de los regímenes. Ante todo porque lleva el más bello nombre que pueda existir: isonomía [ἰσονομία], la igualdad de todos ante la ley. Otanes no dice democracia sino isonomía, en lo que es además una de las primeras apariciones de la palabra. A continuación, porque no puede cometer ninguno de los excesos de los que un monarca será forzosamente culpable: en ese régimen, las magistraturas se echan a suerte; los magistrados son responsables de sus actos; y todas las decisiones, los bouléumata [βουλεύματα], se presentan frente al pueblo. Otanes concluye su discurso con esta frase magnífica y muy difícil de traducir: ‘en gar to polló eni ta panta’ [ἐν γὰρ τῷ πολλῷ ἔνι τὰ πάντα] pues todo está en el pueblo. Esta traducción es ambigua, desde luego, pero estamos en el contexto de un elogio de la democracia: todos los talentos al servicio de la comunidad están en el pueblo; e incluso: el interés del pueblo es el interés de la comunidad como tal, etcétera.”

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Frisos de Persépolis, capital del antiguo imperio iranio

En efecto, las palabras de Otanes deben ser enmarcadas y colocadas en un lugar especial debido a que mucho tiempo después, de la isonomía o igual de todos ante la ley surgirán las ideas rousseaunianas de la voluntad general y el contrato social como fundamentos normativos: Πλῆθος δὲ ἄρχον πρῶτα μὲν οὔνομα πάντων κάλλιστον ἔχει, ἰσονομίην, es decir, “sobre todo, el gobierno del pueblo tiene el más bello nombre de todos, la isonomía”. ¡Qué irónico! El anatematizado Oriente resultó ser el pedagogo del individuo occidental, quien hoy atraviesa una crisis de las instituciones parlamentarias, como veremos.

Ahora, el tema de la definición de democracia debe ser atendido con mucha cautela porque mientras los atenienses desde las reformas de Clístenes en 508 a.C. crearon en el Ática algo que es posible identificar con la categoría de democracia representativa (había diez tribus y un consejo de 500 ciudadanos formado por 50 representantes de cada tribu), los espartanos, sus adversarios por naturaleza, tenían en funcionamiento, pese a lo que muchos pensaban era un sistema exclusivamente diárquico, un tipo de democracia directa operativa desde una institución llamada eforado, de la que se elegía del pueblo por aclamación pública (hoy diríamos a mano alzada) a sus integrantes, y que servía de contrapeso a las decisiones de los dos reyes, método popular que por cierto Aristóteles repudiaba por considerarlo infantil (Política, libro II, cap. VI 1270b) y que también es señalado por Plutarco en su Vida de Licurgo (cap. XXVI) y en la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides (libro I, cap. LXXXVII) donde en resumidas cuentas se refiere que los Lacedemonios (espartanos) llevaban a cabo sus elecciones, insisto, por aclamación y no por sufragio.

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“Plano de la ciudad de Babilonio según Heródoto y F. Kircher”

II. Auge y caída del parlamentarismo

La importancia de conocer sobre estos dos tipos de democracia radica en llegar al entendimiento de su resignificación siglos más tarde cuando nuevamente esté en boga en la modernidad el debate sobre la conformación democrática de las naciones. Pienso particularmente 1) en la manera en que se estructuró la democracia estadunidense en el siglo XVIII, cuya hechura y racionalización a la manera ática impide el alzamiento de una dictadura generada a partir de una aclamación unívoca popular directa, así como en 2) la teoría filosófica del jurista alemán Carl Schmitt en el siglo XX cuyo concepto de acclamatio recuerda mucho a la democracia popular de los espartanos, este último pensador fundamental de la teoría constitucional cuya crítica al parlamentarismo en la época de la República de Weimar durante la llamada Revolución Alemana explica mejor que nadie la crisis de la disolución o postergación parlamentaria (también observable en otros países como Canadá) del Brexit de mano de Boris Johnson en connivencia con la reina Elizabeth II cuyo primordial antecedente histórico fueron las guerras civiles británicas del siglo XVII. Antes de entrar de lleno al tema es necesario contextualizar en la historia.

La versión resumida para efectos de este escrito es la siguiente: las Guerras Civiles de ese país insular (1642 – 1651) fueron provocadas por la escasa habilidad política del rey Carlos I al intentar lidiar sin éxito durante todo su mandato con el resto de creencias religiosas que rodeaban a Inglaterra, como con el Parlamento en torno al tema de la recolección de impuestos. Este le negó de manera reiterada la capacidad de fiscalizar el gobierno para llevar a cabo su guerra contra el Imperio Español debido en gran medida a que su matrimonio con Enriqueta María de Francia, católica ferviente, levantó fuertes sospechas que hicieron circular el rumor de que el rey anglicano intentaría reavivar el papismo, con lo que se pondría en riesgo la idea de una Inglaterra protestante reformada.

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Carlos I y Enriqueta María de Francia. Pintura de Anthony van Dyck, 1633.

El conflicto armado estalló cuando se formaron dos claros bandos con ideologías políticas irreconciliables, unos a favor del rey y otros del poderoso grupo parlamentario que tenía como facultad la esencial recaudación de impuestos, aunque también debido a que el soberano nunca fue capaz en realidad de poner a los comunes de su lado, generando así una extendida animadversión en la sociedad tras abusar de su Derecho Divino. Carlos I procedió entonces a disolver el Parlamento en un intento por recaudar los recursos económicos vitales en lo que nos parece retrospectivamente una jugada magistral de parte de los legisladores en el Palacio de Westminster para remover todo financiamiento a la monarquía y así obligar al soberano a tomar medidas cada vez más antipopulares y drásticas, como la persecución brutal contra sus adversarios y el forzamiento fiscal retrotraído a leyes no operantes, que finalmente lo llevarían a su ejecución por traición en 1649, y a la consolidación de Oliver Cromwell como Lord Protector hasta la restauración de la reformada Monarquía parlamentaria con Carlos II en 1660 hasta el presente.

De manera análoga a lo sucedido en las Guerras Civiles, el Brexit contemporáneo ha puesto en boga el tema de la disolución del parlamento. El Primer Ministro Boris Johnson ha recibido acervas críticas pues apenas el 0.2% de la población total británica lo eligió para el cargo que detenta, al ser seleccionado solamente por la mayoría de los 160,000 miembros del Partido Conservador. Una crisis de la democracia representativa de esa magnitud sólo puede ser comprendida cuando se pone de relieve la geopolítica del Brexit, cuyo leitmotiv, según Thierry Meyssan, estriba en que el Reino Unido de Boris Johnson se retire del acuerdo de la Unión para dejar colisionar a la Europa continental de Merkel con la Rusia de Putin, exactamente de la misma manera en que Winston Churchill dejó que Alemania se enfrentase a la Unión Soviética de Stalin.

Reino Unido, así, vela por sus propios intereses y se acopla junto al trumpismo de EEUU, lo que corrobora el fenómeno de la desglobalización en la coyuntura histórica de 2019 respecto al fallido proyecto supranacional de la Unión Europea, así como el del reordenamiento estratégico de los ejes del poder en una tripolaridad rectora (EEUU, Rusia y China) según los nuevos regionalismos y esferas de influencia que desde esa realidad política se puedan conformar. No resulta fortuito que de ese modo Reino Unido termine por cerrar filas con el resto de la anglósfera del hemisferio norte creando así un regionalismo ideológico antes que el natural geográfico con el resto de Europa. Obsérvese el siguiente patrón recurrente: tras el debilitamiento de la democracia representativa cuyo órgano rector son los Congresos es factible el surgimiento de líderes cesaristas y populares, lo cual es válido en el caso de Putin como de Xi Jin Ping, que hacen las veces de auténticos zares y mandarines tras consolidar su programa político, en vistas al fortalecimiento del concepto de democracia como tendencia directa o popular antes que parlamentaria.

Es comprensible de ese modo que, tras la decadencia del neoliberalismo y las desregulada financierización de la economía que ha llevado a la gradual pauperización de la sociedad desde 2008, se observe el fortalecimiento de la democracia directa, fenómeno gemelo de la regionalización. El cesarismo, así, tiende a la monarquía y la democracia al populismo, pero existe una democracia parlamentaria y otra directa, por lo que debe existir entonces un cesarismo parlamentario y otro populista. Se desvelan así cuatro escenarios que es posible disponer en una matriz geopolítica, a saber:

a) Una monarquía parlamentaria, cuyo ejemplo bien podría ser Reino Unido.

b) Una monarquía directa o absoluta, que prácticamente son inexistentes en Occidente porque fueron abolidas en la era de la Ilustración aunque aún existen en Oriente si se piensa en el caso de Arabia Saudita.

c) Una democracia parlamentaria, como en el caso de la gran mayoría de los países modernos, v.g. México, Alemania, Brasil, etc.

d) Una democracia directa o absoluta, como en el caso histórico y tiránico de Hitler.

Lo anterior puede traducirse en lo siguiente: ante el fortalecimiento de las grandes voluntades colectivas, relacionadas a todo lo directo y por tanto en detrimento de lo parlamentario, aumenta la probabilidad de que las opciones b) y d) puedan llegar a observarse en la práctica. El descontento popular debe ser capitalizado hacia su natural contrapeso parlamentario si ha de evitarse caer en una tiranía. Al analizar el fenómeno del Brexit a la luz de esta matriz, es claro que el desplazamiento en el espectro político se hizo en ese fenómeno particular de a) hacia b) lo que explica la disolución del parlamento y la crisis de la democracia representativa encarnada en Boris Johnson, lo cual podría llevar a la dinastía de los Windsor a un derrumbe semejante al del imperio de los Habsburgo tras la Primera Guerra Mundial. Esto no quiere decir, por otra parte, que Reino Unido haya eliminado definitivamente la Cámara de los Comunes. Antes bien me refiero al comportamiento de los fenómenos coyunturales aislados, ciertamente, pero señalados a manera de tendencias.

Es cierto por otra parte que Reino Unido hasta antes del Brexit ha representado una organización política muy eficiente en la medida en que sintetiza a la monarquía con democracia, lo cual ya había sido referido por Platón no en la República sino en las Leyes, donde propone un sistema mixto entre monarquía y democracia, tal vez desencantado con sus ideas previas tras el fracaso en la corte de Dioniso II de Siracusa. Lo más significativo a mi juicio, no obstante, radica en el momento en que se hace la ponderación de ese sistema con el de la decadencia de Occidente y el auge de las potencias en Oriente o Asia donde de manera lo suficientemente interesante, Reino Unido tiene su paralelo existencial (y hasta inverso) en la República Constitucional e Islámica de Irán, que conjunta la mística de la teocracia chiíta guiada por un líder supremo inamovible con el parlamentarismo democrático del que ha hecho gala Occidente por cientos de años. ¿Quién lo diría? El sistema filosófico de Platón se concretó curiosamente dentro del espacio vital de los persas a los que por cierto mucho admiraba, según refiere Mary Boyce en su Historia del Zoroastrismo. Es posible cerrar de ese modo el círculo de los iranios de la antigüedad hasta el presente.

Al principio que afirma que todo lo que no se globaliza se balcaniza, tal vez valga la pena añadir un corolario: todo regionalismo tiende al surgimiento y/o fortalecimiento de líderes cesaristas.

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Congreso de la República Islámica de Irán

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