El nacionalismo mexicano según Leopoldo Zea

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Para esta difícil tarea, propia sólo de países coloniales como el nuestro que tratan de alcanzar su independencia, el espíritu mestizo ha sido el más indicado. Este espíritu de oscilación y despego de una situación determinada, ha permitido la elasticidad que es menester para mantener un justo equilibrio nacional dentro de un ambiente que lo dificulta continuamente. Por un lado, tiene que absorber y subordinar los intereses de grupos económicos, políticos y sociales hasta ayer ajenos a este espíritu nacional; por el otro, evitar caer en subordinaciones económicas internacionales que anulen este espíritu. Debe cuidarse, por un lado, de la desintegración; por el otro, de la subordinación. De la fuerza de su integración dependerá la fuerza de su independencia internacional; de ésta, a su vez, dependerá su capacidad de integración nacional. Para mantener la una y la otra ha realizado las más audaces experiencias económicas y reformas sociales. Al lado de un espíritu de libre empresa se han establecido progresistas reformas de un alto espíritu social. Se establecen las bases que permitan la creación de grandes industrias; pero al mismo tiempo las bases que permitan limitar los intereses a que dan origen éstas para defender los intereses de los grupos que necesariamente han de sufrir las consecuencias de ese desarrollo.

El mestizo ha podido mantener, así, el más difícil de los nacionalismos; el nacionalismo como reacción anticolonial dentro de circunstancias y situaciones coloniales. Un nacionalismo que, sin más armas que la justicia de sus pretensiones, exige el reconocimiento de su soberanía por encima de los intereses de los nacionales de otros países por poderosos que éstos sean. Un nacionalismo que sabe que en cada una de sus renovadas exigencias se juega toda su existencia. Ese nacionalismo y el espíritu que le animó permitió la elaboración de un sistema de defensas puramente moral. Sólo la terca insistencia en los propios derechos de los hombres dispuestos a jugarse el todo por el todo, en un juego en que todo se podía perder o ganar, ha permitido ese respeto y consideración que ha ganado México en el exterior. Este espíritu, como se ha dicho, sólo lo podían poseer hombres acostumbrados a vivir todas las situaciones como incidentales o accidentales, hombres no acostumbrados a tomar nada como permanente, dispuestos, sin embargo a jugarse el todo por ese mínimo de permanencia, por lo accidental y limitado, por ser esto lo que consideran como propio.

Leopoldo Zea, El Occidente y la conciencia de México, ed. Porrúa y Obregón, 1953, pp. 74-76.

leopoldo zea

Twitter: @21cabrera_

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