Más allá de la bahía mexicana, por Aldous Huxley

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Más allá de la bahía mexicana (fragmento)

(Beyond the mexique bay)

por Aldous Huxley

traducción: Miguel Cabrera

CIUDAD DE MÉXICO

La temporada de sequía daba sus últimos gritos. El aire era denso, con polvo y pesado cada tarde. La presencia de nubes de tormenta sólo nos amenazaba. Si de por sí al nivel del mar el clima ya era difícil, a siete mil pies de altura sus efectos en el estado de ánimo eran desastrosos. Nunca me había sentido verdaderamente de tan mal humor como en las semanas que pasamos en la Ciudad de México.

Entre el clima interno de la mente y el externo del mundo físico existe, es obvio, alguna conexión. Pero nuestro conocimiento de su naturaleza no ha progresado hoy en día de lo que ya en su época Burton, en el libro Anatomía de la Melancolía, escribió en ‘Digresión del aire’: “El clima determina no tanto los hábitos, costumbres o humores como la constitución de sus cuerpos y la temperatura misma. En todas las provincias particulares lo vemos confirmado por experiencia, es decir, de la misma manera en que el aire es, así también lo son los habitantes, aburridos, pesados, con buen sentido del humor, sutiles, cuidadosos, limpios, burlescos, enfermizos o sanos”. Esa sangre ansiosa de los aztecas, esa preocupación por la muerte que aún perdura, esas repentinas violencias mexicanas, quizás, al menos en parte, son producto del aire local, juzgándolo por mi propio estado de la mente. Mientras estuve en la Ciudad de México pensé todo esto casi posible.

Mientras que México es un país de campesinos y artesanos, su capital es un oasis —o si lo prefieren un pequeño desierto—, de urbanismo e industrialismo. En el interior las personas viven casi sin dinero, lidiando directamente con la riqueza y posesiones que son producto de su propio trabajo. La gente de la Ciudad —y ahí hay más de un millón— dependen de los salarios. En el país y los pueblitos las grandes masas de la población se muestran casi inalteradas por la depresión; los habitantes lucen bien alimentados, razonablemente sanos y sólo ocasionalmente sucios. En la capital, por otra parte, todo mundo, trabajadores como capitalistas, se han visto afectados seriamente. Nunca había visto tanta gente flaca, enfermiza y deforme como en los barrios más pobres de la metrópolis, nunca había visto tanta mugre y precariedad, nunca tantos signos de pobreza sin esperanza. Como un argumento contra nuestro sistema económico presente, el caso la Ciudad de México es irrefutable.

El sábado de gloria es el día de Judas. Portando un sombrero de copa y con la cara pálida de un explotador extranjero, su imagen es llevada a través de las calles para después ser colgada de una lámpara pública o un poste de telégrafos, e incendiada. El vientre del capitalista es hinchado con fuegos artificiales que terminan por hacer explotar al Judas ahora vuelto añicos. Así perecen todos los gringos. Es obvio, mientras uno ve el ritual, que los ejecutantes no se ciñen en lo más mínimo al Judas histórico y su crimen. Como los niños pequeños que en Inglaterra queman la efigie de Guy Fawkes, en conmemoración de un evento histórico del que apenas han escuchado y que les importa menos que nada, estos buenos católicos de México lo único que desean es divertirse un poco con los fuegos pirotécnicos. La diversión se incrementa debido a la simulación de homicidio. Las víctimas ya no son evisceradas y comidas en honor de Huitzilopochtli o Tezcatlipoca, ya no son ahogadas para los Tlalocs, desolladas para el gusto de Xipe Totéc, quemadas para el dios del fuego o decapitadas para la diosa de la fertilidad. Los mexicanos modernos tienen que contentarse con los meros símbolos del sacrificio humano. Pero incluso un sacrificio simbólico es mejor que la ausencia de ellos. Desahogarse con pirotecnia siempre es entretenido pero el goce aumenta cuando la explosión puede ser hecha para hacer trizas la imagen a tamaño real de un ser humano.

Los murales de Diego Rivera en el patio de la Secretaría de Educación destacan sobre todo por su cantidad: debe haber cinco o seis acres de ellos. En cuanto a la calidad uno debe ir a la Preparatoria Nacional y observar las pinturas de Orozco, que tienen un extraño mérito de belleza aún cuando verdaderamente son terribles —y algunas de ellas son tan perturbadoras como cualquier otra cosa. Es casi absoluto que no son propicias como decoraciones para una escuela de adolescentes niños y niñas. Pero después de todo son pinturas auténticas, hechas por un hombre que conocía muy bien cómo pintar. Son manifestaciones artísticas extraordinariamente acertadas; el color es sutil; la elaboración, pese a la feroz crudeza de los temas que abarcan, muy viva y sensible. Aunque sean un poco provocadoras permanecen siempre en la memoria.

El horario de clases, asumo, había llegado a su fin cuando fuimos a observar los frescos. De cualquier manera los claustros de la Preparatoria Nacional estaban llenos de jóvenes elegantemente vestidos, que hablaban en grupos o cantaban con guitarra en mano. Había un continuo ir y venir de mujeres estudiantes de ojos negros, maquilladas y que lucían impactantemente bellas como granadas en sus overoles y usando unas cintas de satén tan coloridas que su brillo quemaba los ojos. Ver todo ello fue muy gratificante a comparación de Rugby o Roedean1 .

A pesar de la proximidad con Estados Unidos; a pesar de los Fords, los Frigidaires y Palmolive, la cultura mexicana permanece predominantemente afrancesada. Mi español apenas es bueno para comunicarme en restaurantes y estaciones de tren, pero cuando se trata de hablar sobre algo un poco más complicado que comida o el registro de equipaje, mi boca se siente como llena de goma de mascar, cerrada con pegamento. Afortunadamente, en México la mayoría de la gente educada habla francés. Aquí, el francés aún ocupa una posición privilegiada que ocupó en Europa desde que el siglo XVIII promediaba hasta los años veinte del siglo XIX. Es el lenguaje de la civilización misma. Obsesionada con el nacionalismo, Europa ha desaprendido desde entonces ese incomparable esperanto, y ahora México sigue con encono su ejemplo.

En las generaciones futuras, el francés probablemente no tenga ninguna utilidad para el extranjero que visite América Central. Hoy en día todavía es lo segundo más recomendable perfeccionar el español. Gracias al francés, pues, logré comunicarme sin tapujos; logré escuchar (¡con muchos beneficios!) a los muchos hombres de letras que en México mostraron hacia mí una extraordinaria amabilidad. Un canal de comunicación fue establecido entre nosotros: un puente de palabras. De aquí a un siglo, si la estupidez virulenta del nacionalismo continúa expandiéndose como lo hace en el presente, los descendientes de estos mexicanos culturalmente universales estarán hablando probablemente algún idioma indígena y los míos no conocerán palabra alguna salvo el cockney 2. Mientras tanto, seamos todos agradecidos con la existencia del francés.

Entre los anuncios publicitarios de pastillas y automóviles y jabón y plomería, mañana tras mañana aparecía en la prensa cotidiana un increíble anuncio patrocinado por la Secretaría de Educación. Olvidé el fraseo exacto pero la esencia del anuncio más o menos decía: “El fundamento intelectual del mundo moderno está constituido por El Príncipe de Maquiavelo, el Contrato Social de Rousseau y El Capital de Karl Marx. Si deseas entender la época en la que vives, lee estos libros que puedes encontrar en cualquiera de las librerías públicas de la ciudad o el Distrito Federal”. Siempre que leía este anuncio recordaba esos queridos indígenas que habíamos visto en las montañas de Oaxaca sentados cerca de la puerta de la escuela-casa y escuchando atentamente, mientras uno de ellos leía en voz alta de un libro raído la historia de una novela que de alguna manera se había perdido en el poblado.

Muchos indígenas parecen tener una pasión auténtica por la lectura. Leer por el placer de leer; la palabra impresa es intrínsecamente mágica. En mi imaginación transportaba a esos alejados jóvenes a la ciudad y los hacía ver el anuncio cultural y acicatearlos hasta la librería pública más cercana. “El Príncipe”, preguntarían en la recepción, “El Contrato Social y El Capital de Carlos Marx”. Acto seguido procederían a leer los volúmenes de tapa a tapa, sin saltarse una sola palabra. ¿Y cuál podría ser el resultado? ¿qué llegarían a pensar sobre el Mundo Moderno, del que estos libros se decía que eran su fundamento? ¿De qué manera la lectura cambiaría sus juicios morales, sus opiniones políticas, sus creencias religiosas? Bajo la presión impuesta por estas preguntas, mi imaginación colapsó. Si sucede que alguien ha recibido una buena educación académica, es casi imposible representarse a uno mismo el proceso mental de gente que ha sido enseñada, con motivos prácticos, nada salvo las artes útiles del vivir al día.

Para la mente educada, todos los fenómenos están interrelacionados. Tómese como ejemplo los hechos recientemente experimentados de la Depresión 3. De este fenómeno se desprenden incontables filamentos en cada dirección. Son muchos los puentes entre universo y universo, puentes que la mente puede cruzar, ya sea, en la historia —a la gran recesión de 1837 a 1842, o al colapso económico del Imperio Romano—, ya sea en la economía política y de allí hacia el esfuerzo para explicar la existencia de los ciclos comerciales a la psicología de las masas, o alternativamente ponerlos en relación a las periodicidades del clima, del que uno deriva en la reflexión sobre las manchas solares y los universos de la astronomía y la física. Pero obviamente, para la mente educada, no hay posible fin para el número de puentes. Para los que no están educados, por el contrario, no hay siquiera un comienzo. Cada experiencia es única, aislada, relacionada intelectualmente a nada más en el mundo. Entre una estrella de conciencia y otra los únicos vínculos reales son la identidad fisiológica de la persona que está consciente y tal vez algún sistema rudimentario de filosofía religiosa.

El mundo del que no está educado es un mundo de oscuridad, con una tenue y pequeña luz aquí y otra por allá, y entre ellas, invisibles y misteriosos objetos de los que de tiempo en tiempo el viajero ignorante llega a encontrarse en un frecuente doloroso contacto, pero de los que no puede distinguir la forma o reconocer la función. Este mundo nocturno, supongo, debe tener su propio encanto, —el encanto de un gran teatro guiñol de suspenso como el que sigue: “Dicen que los milagros son algo del pasado…”, refiere Shakespeare en Bien está lo que bien acaba, “…y que tenemos nuestros filósofos para volver modernas y conocidas las cosas sobrenaturales y sin causa. Así es como hacemos burla de los horrores, escondiéndonos a nosotros mismos en conocimiento aparente, cuando deberíamos en realidad someternos a un miedo indescifrable”. No obstante, prefiero la libertad que proclamaba Spinoza a través del conocimiento y el entendimiento a la esclavitud emocional, pese a lo espeluznante y delicioso de los “miedos indescifrables”. Y así evidentemente proceden los ministros mexicanos de educación. Su deseo de ilustrar al ignorante sobre la naturaleza del mundo moderno es en verdad laudable. Sólo es respecto a los medios para llevar a cabo esta ilustración que uno se siente un poco escéptico.

MONTE ALBÁN

La arquitectura urbana debe ser observada, muy frecuentemente, con el ojo no de la visión fisiológica sino con el de la fe. Rodeados de otros edificios, algunos de los más espléndidos monumentos del pasado y presente no son sino invisibles.

Los arquitectos de la América pre-colombina fueron más afortunados que los de Europa. Sus obras maestras nunca fueron condenadas a la invisibilidad, pero se mantuvieron magníficamente aisladas, desplegando sus tres dimensiones a todos los contempladores. Las catedrales europeas fueron construidas dentro de los muros de las ciudades; los templos de los americanos indígenas parecen, en la mayoría de los casos, encontrarse afuera. En Tenochtitlán, es cierto, la gran catedral de sacrificio humano se encontraba dentro de la ciudad, pero como los oriundos de Pisa, los aztecas tuvieron el ingenio de dejar un gran espacio abierto alrededor del monumento. Uno podía ver el gran teocalli como un todo arquitectónico, justo como (y el caso es casi único en Europa) se aprecian la Torre Inclinada, la Catedral y el Baptisterio de Pisa.

Monte Albán fue evidentemente la catedral de toda una diócesis zapoteca. Una catedral sin un pueblo catedrático, pues los indígenas vivían en el valle, y su capital ocupó el lugar de la moderna Oaxaca. Monte Albán fue una ciudad de los dioses visitada por hombres y mujeres, y no permanentemente habitada. El lugar es magnificente. Imaginen una gran colina aislada en la encrucijada de tres amplios valles, una isla que se erige cerca de mil pies desde el mar verde de fertilidad que se extiende debajo. Una locación asombrosa. Pero los arquitectos zapotecos no se avergonzaron por las responsabilidades artísticas impuestas en ellos. Nivelaron la punta de la colina, dispusieron dos enormes patios rectangulares, erigieron altares piramidales o santuarios en el centro con otras muy extensas pirámides a cada extremo, construyeron grandes corredores de escalones alternando con ligeras pendientes de mampostería para amurallar los patios, colocaron escalinatas monumentales en los lados de las pirámides y frisos de piedra alrededor de la base.

Incluso hoy en día, cuando los patios son meros lugares de pasto irregular, y las pirámides se encuentran sepultadas debajo de una oscura capa de césped, incluso hoy en día este alto lugar de los zapotecas permanece incólume e impresionante. Pocos arquitectos han tenido tal sentido de grandeza dramática y austera como estos constructores de la gran tradición tolteca. Y pocos han prestado su mano de manera desinteresada porque a las consideraciones religiosas nunca les fue permitido interferir con la realización de un gran esquema arquitectónico —y esto parece ser característico no solo de Monte Albán y Teotihuacán sino de todos los sitios arqueológicos de Centro América, tanto mayas como toltecas. Muy a menudo, en otros países, la magia y el fetichismo han tenido preponderancia por encima del arte.

Una particular parcela de tierra es sagrada y posee maná, por lo que es deseable que sean construidos tantos santuarios como sea posible sobre ella, de suerte que los beneficios de la radiación sobrenatural del suelo pueda ser compartida por el mayor número posible de imágenes y sus adoradores. Los recintos sagrados en Delos y Delfos, por ejemplo, fueron, arquitectónicamente hablando, sólo barrios sagrados —colecciones no planeadas de edificios aglomerados, apretujados y desordenados dentro de los estrechos límites en los que se supone que el maná estaba activo. Muchas iglesias cristianas se arruinaron en su arquitectura debido a la ansiedad de los creyentes por atiborrar el mayor número posible de tumbas, altares, y todo lo que fuera posible en el lugar consagrado. Como los egipcios, los americanos pre-colombinos preferían el arte a la magia —o por lo menos tuvieron el ingenio para ver que la magia más efectiva es la magia asociada con el arte más refinado.

La manera más convincente de demostrar que cierto lugar es sagrado es volverlo tan grandioso y tan bello que cuando llegara a verse, la gente se quedara sin aliento y reaccionara con asombro. La arquitectura más fina es una de las materializaciones del maná. Es una manifestación de la belleza de lo sagrado, de la belleza que es sagrada. Los zapotecas conocían muy bien todo esto que aquí, en Monte Albán, no permitieron que nada se llegara a interponer en el trabajo de los arquitectos. Aquí no existirían los lugares sacros apartados y escondidos, no habría una desordenada confusión de pequeños santuarios y templos, sino un solo complejo arquitectónico conformado en su totalidad por una simple idea artística y bastante impresionante, como sólo una obra de arte unificada puede ser.

Los arquitectos pre-colombinos fueron afortunados, sin duda. En la religión que favorecían, la observación astronómica era un rito sagrado en la antigua América, y se le daba una inmensa importancia a los cuatro puntos cardinales. Esto implicaba la necesidad de una visión irrestricta del cielo y una distribución claramente definida. Para un piadoso tolteca hubiera sido imposible practicar su adoración en los barrios sagrados de la antigua Grecia. Más bien necesitaba espacio para la práctica de su religión, y un orden geométrico. En Delos o Delfos se hubiese sufrido de hacinamiento generando confusión. Otro punto a considerar: tan pronto como una generación siguió a otra generación en los mundos clásico y cristiano, más y más santuarios nuevos fueron construidos en los recintos sagrados o añadidos a los templos existentes. En América, cada generación sucesiva apenas extendió los edificios existentes rodeándolos con una nueva capa de mampostería. De esta manera podrían hacer grandes cosas para la gloria de sus dioses pero sin alterar el diseño arquitectónico original del lugar santo. No obstante por mucha que haya sido su determinación religiosa, debemos darle el debido crédito a los antiguos americanos por esa cantidad tan deslumbrante de adecuada dirección estética. Monte Albán es el trabajo de seres humanos que sabían de su arte arquitectónico consumadamente bien.

Enlace a su ubicación en el catálogo del FCE: https://www.fondodeculturaeconomica.com/Ficha/9786071624109/F

Notas:

1 Escuelas de Gran Bretaña.

2 Se trata de una forma dialectal del inglés londinense ubicado hacia el este de esta ciudad y hablado por la clase obrera. Puede llegar a tener un matiz despectivo.

3 Se refiere a la Gran Depresión que asoló financiera y socialmente al mundo a partir de 1929.

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