El mundo onírico y la memoria de Shakespeare

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Durante la primera tertulia Arcadia México sucedió —aunque la realidad es también una difusa suma de olvidos—, un hecho desconocido y a la vez particular: la inefable alquimia del diálogo, pues basta una idea para multiplicarse infinitas veces. Aquí, esa multiplicación precoz, se perpetúa como un eco digital legible en medio de una sociedad que intercambió, quizás con ejemplar fruición, el signo por la oralidad, siempre tan enriquecedora. Yo procuro, al menos, dedicar todos los días varios minutos al libro físico, al de papel de árbol y a redactar de puño y letra reflexiones o versitos. Algo cambia en el acto de escribir que la pantalla no logra sustituir del todo. Allende esa incomodidad que todo hombre puede soportar, es fascinante la manera en que, pasado el tiempo, lo digital y lo real convergen: el mundo está formado de ideas y la experiencia sin cuerpo presencial que engendró el mundo pandémico, acaso lo demuestra. No me extraña. Siempre afirmé que la realidad de la mente es la primera realidad, y que el cuerpo no es más que la sagrada extensión de lo incorpóreo, es decir, del pensamiento, que es a la vez agua, y es fuego: agua quemada para pensar con Laurette Sejourné y los mexicas. Naturalmente, todo aquello que no encuentra correlación con el mundo fáctico es inexistente, por lo que la posibilidad filosófica que afirma al mundo como un todo indiferenciado de las fantasías computa en cero. Yo no estoy hecho de sueños de la mente de alguien más, sino de mi voluntad, que es una manera cursi de llamar a la conciencia. Un individuo es eso, un ente indivisible, y que no comparte sus atributos con nadie, al menos con inmediatez. El hecho político es otra cosa, una posibilidad colectiva que, fungiendo como estado de excepción, disuelve, por decirlo de alguna manera, al individuo dentro de un coro. Aludiendo al teatro griego, el sujeto político —el sujeto de la polémica y la aspiración al orden dentro del estado natural y anárquico del mundo— es esa máscara que logra crear una cámara de resonancia para aumentar la voz, para potenciarla frente al auditorio lleno, que, atento, se vacía de sí para colmarse del otro. El acontecer político es entonces corifeo, y semeja una danza. Nos desprendimos pues de la tiranía de la fantasía que mezcla todo con todo y nos tornamos al mundo de lo sensible y esencial, que es lo mismo: no hay música sin instrumento. Desde ese punto de vista, concluimos en tertulia, analizar la prosa de Jorge Luis Borges resulta en un experimento significativo para encausar su savia al mundo real. Borges conjuga en su literatura elementos aparentemente siempre disociables, como la sal y la tierra. Sus personajes, fingiendo una cronología convencional, transmutan a un ciego en un amable académico, que más tarde se presenta como un cazador en medio de la jungla, cuyo desenlace es la sutil violencia de la obsesión (Tigres azules). Ni qué decir de Hermann Soergel y la tragedia de encontrar aquello que más anhelaba: la memoria de Shakespeare, y de entender que su vida circunstancial era asaz menos opaca que la del poeta inglés. Múltiples cuadros psicológicos, pues, dentro de un mismo personaje, siempre cambiante dentro de una sola manera de ser. Sería un error diagnosticar esquizofrenia; estamos más bien ante la nombradía del alebrije, para decirlo con alegre mexicanopia. El alebrije, no obstante, pienso, es como el jazz: contiene un entramado de complejas reglas invisibles pues el amarillo es siempre amarillo aunque en composición con el azul aparente ser un tono verde. Se improvisa con intencionalidad y no a lo loco. Interesante conclusión la de una posibilidad onírica: contiene una secreta racionalidad, acaso guiada por las circunstancias menos favorables, acaso por la modestia del azar que se ríe con nosotros, espero. Esa fuente, la de la creatividad onírica, y ahora me dirijo a la parte más importante de este escrito, resuelve ejemplarmente nuestra opaca crítica periodística la cual, con excepciones notabilísimas, se pierde en la jaula del eterno presente. Sin crono-periodismo no hay periodismo, no hay un auténtico registro cualitativo del entramado social. La literatura —definida como el hecho del registro narrativo en sí mismo, sin una doble carga necesaria de estética, como suele pensarse—, es la primera manifestación de la conciencia política, por obvias razones. Si alguien no entendió, lo que quise decir es que una cosa es Les belles lettres y otra muy distinta, y no menor, literatura, es decir, periodismo, aunque ciertamente todo hecho registrado en el tiempo es estético en potencia, según quien observe. Aquella vez concluimos que sin interconectar los puntos no hay más que ganancia personal, irónicamente todo lo contrario a lo que se espera del acontecer político (reí un poco al escribir esto último). La nota periodística exclusivamente inmediata, concluyo ahora, es despolitizadora, una vez que se observa con el calidoscopio de las noches y los días, pues la máscara de lo colectivo también es lo colectivo de los tiempos. Para paliar esa lamentable circunstancia he sugerido anteriormente el cine documental. En fin, en eso y los misteriosos números transfinitos, cuya aritmética aquí no tiene fuero, se nos pasaron los minutos de nuestra primera tertulia que, presiento, eran azules.

Miguel Cabrera, martes 1 de junio de 2021

One Reply to “El mundo onírico y la memoria de Shakespeare”

  1. Me gusto “la realidad es también una difusa suma de olvidos” y las demás visiones planteadas sobre la realidad y manera de plantear el asunto. No recuerdo de quien leí esto: somos lo que conversamos; desde ahí, nuestra realidad compartida es la nombramos y otras formas están en el pensamiento y las idealizaciones que hacen parte de este. Me has puesto a desvariar y pensar profundo.

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