Arcadia México: declaración de principios

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Danzantes de attán, baile folklórico afgano

El arte propende a la condición humana. Esto quiere decir que el arte es un motivo civilizatorio, pues toda manifestación espiritual es una manifestación estética, es decir, contemplativa, llena de fruición y promotora del acontecimiento político en sí. De estos principios es posible deducir un modo de actuar humano relevante, a saber, el del paroxismo y la gran exclamación de las contradicciones que gestan una idea, un concepto o una plasticidad particular. Pensar es, por otra parte, otra forma de las artes, debido a que, como experiencia de los sentidos, se manifiesta para un espacio y para un tiempo particulares.

El cuerpo y la mente forman así una unidad indisociable. La primera crítica a estos postulados sería la argumentación empírica del mundo en tanto manifestación factual, de cuyo posible oprobio se deducen la incertidumbre, el tiempo sin sustancia, la inmediatez e incluso aquello sólido que puede ser el fundamento instrumental de la conciencia, lo que eleva peligrosamente a categoría metafísica a la falta de creatividad, al goce y a un tipo de felicidad.

Estos resquicios de la experiencia del ser humano pueden gozar, incluso, de argumentaciones sin fin, y es posible fundamentarlas en las artes mismas, si es que se parte de la idea de que, supuestamente, todo es relativo. Esta denodada conclusión no es sino el más grande ejercicio de corrupción del lenguaje, es decir, cuando las sociedades discuten las palabras mismas, y no su significado. Esto conlleva incluso a paradojas de algún modo bellas como pensar que el no sentido es el mayor de los sentidos, o que la locura es una forma secreta de la razón. Se pervierte de ese modo, a través de las palabras, el pensamiento mismo con magisterio artístico y, con ello, todas las artes y todo acto civilizatorio. Se huye, así, de la condición humana con el mismo instrumento con el cual se aspira a ella.

La manifestación de esa dicotomía deja por lo menos un precedente dialéctico, como si la historia no fuera otra cosa que la objetivación inmanente de lo polémico, de la guerra, del cambio. Muchas obras de arte de inmarcesible creatividad han perecido en el decurso de los días, pero también muchas ideas injustas y vacías de sentido. Nos desplazamos de ese modo en la esfera de la moralidad, la cual puede juzgar con dureza una escultura griega y cancelarla, o la del historiador que admite en la plasticidad mesoamericana una forma de barbarismo.

Nos encontramos también, con ello, en la esfera de lo político, que no es necesariamente la forma de la única realidad ontológica, pero que basta para prodigar un tipo de sentido que propende al orden, o a la lucha por el orden, el del más fuerte. Como el arte propende a la condición humana y la moralidad es el fenómeno político por excelencia, eso quiere decir que la historia es a la vez una lucha por la definición misma de belleza y una batalla por el mayor supremacismo instrumental, es decir, una batalla por la definición misma de la posibilidad en sí, que es de hecho la definición del concepto de poder. El relativismo moral, ya se ve, implica su propia finitud, lo que implicaría también el fin de la historia.

Nos motiva, entonces, ser testigos de toda manifestación artística como historia polémica de las civilizaciones, que no es sino el drama de la vida misma, en la medida en que también en el mundo fuera de la razón, el mundo llamado natural, el árbol lucha contra los minerales de la tierra, el lobo contra el cordero o el plasma solar contra el campo electromagnético del planeta, que a fin de cuentas nos revela a las auroras, no como pugna sino como hecho en sí: curiosa manifestación de lo bello. Esto podría explicar también, a manera de teoría del valor, el valor mismo del arte. ¿Quién no ha descargado esa electricidad del asombro al ver la Victoria de Samotracia o las danzas guerreras de los pashtunes afganos?

El arte y la guerra no son sino los hijos gemelos de la creación así como el bien y el mal lo son de la historia de la conciencia, que es la historia de las sociedades. Se nos podría acusar, de ese modo, de ser defensores de un iusnaturalismo belicista aunque, en realidad, una cosa es guerra y otra muy distinta es exterminio. No hay nada artístico en la posibilidad misma de una guerra termonuclear o en historiar una guerra civil, que propiamente debería llamarse aniquilación civil. Ambos fenómenos corresponden a la nulidad más radical, que no es sino la ausencia de toda vida.

Se acercan peligrosamente en definición, como caminar en el filo de una navaja, la historia, por una parte y el vacío de tiempo, por otra: el uno, del cero; la potencia, de la nada. Pero ni el uno es cero ni la vida es muerte, aunque dancen por eones como los Shiva y Shakti hindúes. El célebre Partenón de Atenas, por ejemplo, fue profanado y reducido, pero sus perfectos frisos conservados en los museos de los conquistadores, curiosa contradicción del proceder en la esfera moral, que es la esfera política. La dominación, y no la coerción, no es otra cosa que magnanimidad. La coerción es, en realidad, una violación, y acaso la más pura de todas. Por eso nunca podría haber una guerra termonuclear desde el mundo de la racionalidad política, pues más que la aniquilación está en juego la historia misma, que es una particular intensidad de la gradación humana, de sus esquemas intrínsecos, ontológicos. Por eso la más extrema irracionalidad no puede sino ser catalogada como la más intensa enfermedad mental, y como tal debe ser señalada y puesta en custodia.

Tal es la mayor anarquía, la más preclara de todas que ni el lenguaje agota su sentido de saberse nulidad radical: nulidad de nulidad, incluso. Mientras esa actitud sea aislada, la historia, que sólo puede ser humana, pues el árbol no existe sin su observador, restallará de un sin fin de modos de nombrarse a sí misma, tanto como la única sustancia se dice de infinitas maneras de manera afirmativa: el “sí” es, en realidad, todas las palabras, todos los anunciados y la mayor de las sentencias. En el “sí” se encuentra toda potencia, toda realidad, toda fecunda transubstanciación del ser, en ser mismo. El dos es uno pero de ninguna manera el dos es cero. La recta de los números naturales es la única aritmética, y pensar en números imaginarios o negativos no son sino una forma secreta de proporcionar naturalidad a aquello que se dice o se imagina como intangible.

Esta revolución matemática hace del -1 una experiencia tan natural como la del 1 o la de los números imaginarios. Tal vez por eso no puede existir la raíz cuadrada de números negativos. A final de cuentas un número negativo es una experiencia positiva, pero inversa. Tal vez sería más propicio hablar de números inversos, y no de números negativos o, lo que es análogo, de manifiesta oposición política, y no de una aniquilación total. Un antimonumento de protesta se mantiene como un monumento a final de cuentas. ¿La antimateria será materia más bien materia inversa, real? Esto quiere decir que entre mayor sea la pluralidad artística, mayor será la realidad humanística y, también, la posibilidad natural de la guerra, al menos en el mundo de la vigilia.

México es una distinta realidad, pues la pugna de su identidad misma ha revelado un incontable catálogo de realidades artísticas, algo que sólo es comparable con la experiencia onírica, y que explica ese ininteligible elemento surreal que sorprende a los eurocentristas y asiacentristas, con la experiencia del concepto de alebrije mexicano, una idea que gustosamente definiremos con puntualidad en otro escrito. Por lo pronto queda manifiestamente aseverada la pugna onírica por la identidad mexicana como una pugna en relación con su historia fenomenológica, lo que representa el desafío más importante del que consideramos el axis mundi del continente americano, acaso por su casi inexplicable abundancia, acaso por la complejidad de sus cicatrices históricas. Pero ya habíamos dicho antes que a mayor guerra mayor preservación del arte, como en el caso del Partenón, aunque también distinguimos guerra, de aniquilación.

Si rehuimos del concepto de vacío total, de aniquilamiento, esto implica una sabrosa pugna moral en México, e implica la fundamentación del orden democrático, de la pluralidad y la dialéctica. México sería de ese modo una de las más intensivas de las democracias, pues mayor es su abierta oposición consigo mismo, y quizás explica la manera en que el país nunca se ha posicionado como un posible imperio militar, muy distinto a la manera en que Estados Unidos por ejemplo, históricamente, ha profesado esa pugna fuera de sus fronteras, posicionándose por un tiempo como un polo unívoco y, por otro, como un enemigo a vencer por parte de otros polos militares. Resulta curioso, así, que una democracia tan indiscutible como la mexicana por intensiva sea una potencia pacificadora, es decir, una potencia artística, lo cual se explica en función de la armonía de contrarios en diferentes niveles.

Uno de esos niveles corresponde a los maniqueismos más difundidos: blanco como antagónico de moreno, rico como antagónico de pobre, inteligente como antagónico de bárbaro. Si fuera cierto que en esa ambivalencia se agota y adscribe la experiencia de ser mexicano, es decir sin ningún tipo de concreción histórica, entonces no se podría explicar el espíritu artístico de su pueblo, reducido como tal, de ese modo, a una sociedad carente de matices y carente de mestizaje histórico, es decir, a una sociedad de bárbaros y de incivilizados.

Todo arte no es sino la reducción a principios conceptuales mínimos lo que se produce en la pluralidad de la experiencia humana. El arte es una síntesis de los contrarios, y el origen del arte es esa pugna identitaria, particularmente protagónica en México. Todos los días vivimos, de ese modo, el descubrimiento de América; todos los días Cortés estragó una civilización; todos los días Malintzin estragó el corazón de Cortés; todos los días el extranjero ama las bellezas exóticas, desde su punto de vista, de las colonias antiguas, de las ruinas, o las playas turquesa. Todos los días se concibe una pugna y una reconciliación sintetizadora. Curioso destino de la nación mexicana en su carácter: pelea consigo misma por el placer de su propia reconciliación, lo que termina por manifestarse como incontables emanaciones de ira, hedonismo, polémica y amor, todas ellas retratadas en la historia del arte mexicano, que es la historia no de un problema identitario, sino de aquello que de onírico tiene la armonía de lo disímil. Esto equivale a decir que el mexicano juega con la muerte, pero nunca desea la aniquilación de los mexicanos. Tal fenómeno, también conocido como guerra civil, en realidad no es una guerra sino, como se estableció, no un juego sino una latencia viva por la nulidad más absoluta, por el odio más cruel que es justo lo contrario del amor por la belleza: una aniquilación civil que comienza por la despolitización de la sociedad.

Alguien podría rebatir que la experiencia surreal no es exclusiva de los mexicanos, a lo que habría que responder que la modestia de un pueblo es prueba de su cualidad civilizatoria, pues no se puede pretender ser-onírico y beligerante al mismo tiempo. O se es una potencia militar o se es una potencia diplomática. De ese modo, el proyecto Arcadia México se propone registrar e incentivar la creación y propalación de esa diplomacia frente a un mundo violento al partir de la principal carta geoestratégica, que en caso del país del meridión americano, no es sino la genial creatividad que vuelve unitaria la experiencia de lo lejano y extraño, incorporándola en muchas ocasiones a su vida inconsciente, es decir, a un mestizaje inconsciente a la par de una muy consciente pugna de tendencias maniqueas, como previamente se refirió. ¿No es el amor una pugna también? ¿Acaso hay otro pueblo más generoso que el mexicano? Finalizamos esta declaración de principios haciendo un llamado a todos los artistas de México a que se unan a nuestro proyecto. Queremos buscar una comunidad de talleristas que interactúe con el mundo desde una plataforma digital, pero también desde un espacio tangible, una locación, una academia. Buscamos la paz en un mundo violento; buscamos la creatividad en medio de la crisis; la amistad ante la ciber-lejanía.

Miguel Ángel Cabrera

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