Vidas paralelas: César Augusto y Mahatma Gandhi

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Escribo esta entrada en honor al magnífico Plutarco, célebre historiador y filósofo griego.

Como interdisciplina, la geopolítica es un arte muy universal. En su fuero cabe la literatura, la historia o la poesía, sin desmedro de la táctica militar, las finanzas y la banca internacional. El geoestratega es, en esencia, un filósofo, pues observa la totalidad con minucia: nada humano le es ajeno. El estadista comparte estas características y les da una forma inmanente adscrita en la vida de toda una sociedad. No es sorprendente, en ese caso, que un Mahatma piense con la fuerza de una espada, como estadista, y un César Augusto, con la delicadeza de la austeridad, como poeta. Esta nota aspira a declarar esa ironía.

Mahatma Gandhi nació un 2 de octubre de 1869; envestido con una educación encomiable, partió a temprana edad a Gran Bretaña a formarse como jurisprudente. En su autobiografía La historia de mis experimentos con la verdad se traslapa en primer lugar el carácter de un joven hombre olvidadizo, frugal y tímido, imagen muy lejana de un líder social, menos aún, de un gran emancipador que prodigue estabilidad y dignidad a un pueblo. Esto ya es motivo suficiente para desacreditar, a golpe de vista, el virtuosismo a la griega, del Mahatma. Se lee, no obstante, una inquietud que inicia haciendo eco de lo insoportable dentro de lo insoportable, es decir, de la cancelación al derecho de la timidez, a pasar desapercibido en un silencio con gloria individual. En el momento en que Gandhi es sometido a las más injustas de las prácticas raciales mientras vivía en Sudáfrica, el ideal del jurisprudente hindú gana tracción. Se cuenta que en el país africano se negó a ceder su lugar en un viaje de tren de primera clase a alguien con una tez menos notoria que la suya, lo que incitó su primer discurso público. El estudio de las filosofías tradicionales de la India le hizo avanzar y ganar notoriedad a través del concepto de Satyagraha o resistencia no violenta a la autoridad injusta, hasta la redacción de Declaración de Independencia de 1930, lo que liberó al subcontinente del imperialismo británico. Gandhi sometió a su pueblo, de ese modo, al imperio de la verdad.

César Augusto, nacido el 23 de septiembre del 63 a.C, descendiente adoptivo de Julio César, por otra parte, sometió al mundo romano al imperio de la pluralidad. Lo hizo con gran eficiencia al proporcionar a Roma de una nueva paz estratégica, cuyos cimientos durarían 200 años. Si Gandhi logró unificar por algún tiempo suficiente a musulmanes e hindúes por igual hasta la secesión de Pakistán y la India, Augusto logró finiquitar la guerra civil que estragaba a la gran orbe mediterránea. A diferencia de los emperadores que le siguieron, según narra Suetonio en Los doce Césares, su vida personal restalla con increíble frugalidad y modestia. Suetonio refiere, por ejemplo, que prefiere la comida de la gente común a los grandes banquetes; nunca toma más de tres copas de vino por ocasión; tampoco cuida excesivamente, ad nauseam, de su imagen como sinónimo de inamovible pulcritud; la colina en la que vive, digna de un monarca, es amplia pero no está hecha de mármol como la de otros aristócratas; gusta de la poesía y la filosofía. Su tío Julio César, por cierto, redactó una explicación de las leyes métricas de la poesía griega tal como la concebía el célebre Arístides Quintiliano. De ese volumen, editado por el alemán August Böckh, Marburgo, en 1861, poseo una copia en mi biblioteca personal.

Hay algo fundamental que distancia a Augusto de Gandhi, y que a la vez los unifica. Respecto de aquel, con todo y su frugalidad y modestia, habría que recordar que no le tiembla la mano para hacer valer la ley romana, incluso si eso implica una gradación suficiente de violencia. El ejército le obedece tal como se obedece a un probo emperador virtuoso, muy distinto de los traslapes de locura, en el fondo complejos de inferioridad como comenta implícitamente Suetonio, de un Calígula o Nerón. Nerón, por ejemplo, entronizado a los dieciséis años, forzaba a los invitados de sus largas fiestas (más de 10 horas) a escucharlo mientras mal-cantaba algunas piezas. Siempre fue un cantante frustrado que se ofendía fácilmente. Bien podría preguntarse alguien en este punto: ¿cuál es el sentido de forjar un gran dominio como el romano si los propios descendientes políticos se encargarán de mancillarlo a la primera oportunidad? Me aventuro a responder que dicha conducta pretende igualarse a los grandes méritos políticos, digamos, de Alejando Magno, cuya utopía consistió en dotar al mundo de un imperio pluricultural que se extendiese hasta la India antigua. Esta intención, comenta Alfonso Reyes a pie de página en la Introducción al Estudio de Grecia de Alexander Petrie, esconde en su seno el establecimiento de un fundamento unívoco para un gran espectro de creencias, es decir, el de un dominio político mundial, ejemplo que muchos habrían de seguir en la posteridad, tal como queda atestiguado por el Sacro Imperio Romano Germánico de Carlomagno, o por Napoleón, Tamerlán o Gengis Khan. Por cierto: los hijos de Helena de Menelao (o del adolescente Paris en Troya, ¡uy!), los griegos, se contentaron con edificar un imperio filosófico, nada más.

Mahatma Gandhi, pues, no es menos valedero que César Augusto, pues ambos sentaron las bases de magnos espacios políticos vitales, boyantes de pluralidad étnica y religiosa. Acaso esto lo demuestra los análogos títulos espirituales que preceden sus nombres. Mahatma (gran alma o sabio) para el hindú; César (palabra usada por los griegos para regente, ‘kaisar’, aunque su etimología se refiere probablemente a la palabra ‘elefante’ en lengua púnica cartaginesa del norte de África, lengua semítica junto al hebreo y fenicio) para el romano. La verdad, en conclusión, también puede ser muy violenta como la espada y transformar la realidad y destino de un pueblo. Para ojos de la divinidad, Gandhi y Augusto, pienso, podrían tratarse de la misma persona, la misma esquirla danzante en medio de la creación.

Miguel Ángel Cabrera

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