Foto: Luna Yedra

La premisa es la conclusión: el río del Gran Oriente Medio desemboca en México. Esta afirmación cultural encuentra su mejor eco en la alegría del intercambio. Uno podría comenzar a elaborar un ensayo sobre esa emoción de plenitud a que nos convoca la música, pero por ahora, pienso, es más enriquecedor comenzar con algunos datos empíricos. Van:

Argelia es un país con 43 millones de habitantes en un territorio vasto de 2 millones 300 mil km cuadrados, aproximadamente, lo que lo clasifica como el país más grande del continente africano. Con 80% de su territorio desértico, es natural que la mayoría de su población viva en la cercanía del Mar Mediterráneo, compartiendo con la importante Libia una frontera de 989 km. Históricamente ha sido poblado por diferentes civilizaciones, a saber, los antiguos númidas (siglo III a.C y antecedentes de los contemporáneos bereberes), fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes, españoles, turcos y, más recientemente, franceses. Desde 1830, Argelia se escribe con A de aflicción bélica colonialista, pero también con P de petróleo y G de gas.

No es extraño, por tanto, que la talentosa artista argelina Esraa Warda aluda al contexto histórico y social de ese país africano como el contraste por el cual brilla con desbordante pasión y mitología el arte de sus danzas folklóricas, particularmente las que prodigó al público mexicano: la danza algeroise, primero, luego la danza chaoui, y la danza raï. Esta, por ejemplo, de una profusa carga de resistencia civil, se originó en 1930 en el seno de una tribu beduina del poblado de Oran, Argelia. De esta cara de rebeldía, según refiere Esraa, la principal dicotomía argelina radica en esa dolorosa división entre el pueblo y sus gobernantes. Digo que es dolorosa porque siempre toda escisión comporta una cicatriz emocional que puede heredarse a futuras generaciones, sembrándose así el código de lo incierto, la guerra sin fin y la anomia. Respecto a lo que aquí es posible referir, no obstante, el arte es una disidencia, pero también una cura, una terapia grupal y un argumento comunitario.

No podría no gozarse, de ese modo, la presentación del pasado domingo 27 de junio de 2021 en la colonia Nápoles, Ciudad de México en la que pudimos disfrutar de la fusión mexicano-argelina (o meshícargelína) con ritmos veracruzanos, africanos y árabes. Quizás toda cultura es una síntesis. Quizás la cultura mexicana es la principal «remixera» del mundo, pues aquí, guardando las proporciones, no existe un permanente conflicto militar que estrague con misiles, metralla y destrucción sin fin, a la manera precisa de Oriente Medio. Más que un consuelo, reír en un contexto tal sería una forma de la depresión. Por algo, y no por la violencia, el mexicano es un alegre consuetudinario. Pero decía yo que esta danza mágico-mitológica nos descubrió entre otras cosas a Baba Mimún, figura preponderante en el conjunto de creencias de la tribu aïssawa, ascetas argelinos y marroquíes, muy emparentados con la cofradías sufíes que recorren el espectro del mundo árabe, lo que me hizo recordar las danzas del desierto afgano de la tribu de los pashtunes, pues entrar en un tipo de trance meditativo para ir a la guerra no se encuentra muy lejano de la idea de crear una resistencia colectiva ante la posible destrucción de un modo de vida.

Músicos argelinos

También en México las danzas folklóricas han llegado a jugar un rol semejante. Ahí está el caso del encuentro de civilizaciones entre la danza de los concheros y la misma danza de los sufíes otomanos, cuya mejor exégesis fue llevada a cabo por el investigador Lex Hixon. Danza y guerra, de ese modo, se nos presentan como un todo indisociable, según el contexto. En general, me quedo con ese sabor como a fogata del desierto que traslapa la música argelina, muy propia del Islam desde Marruecos, pasando por las arenas del Jiyáz saudita hasta el desierto de Gobi, que se prolonga al noreste de China. Nada que los mexicanos, de algún modo, no hayamos comprendido a través de los ojos del desierto que vieron los tarahumaras o yaquis. Ahora bien, refrendando este argumento, y según el estratega Andrew J. Bacevich en su libro America’s war for the Great Middle East, el Gran Oriente Medio se define justamente como esa ampliación que traza un arco desde Marruecos al Asia profunda. Afirmamos aquí, que en realidad esa torrente sanguíneo desemboca en México, claro, si asumimos la gran hermandad que nos vincula al mundo árabe y, general, al mundo semita. Decir México es también nombrar el magisterio de sus frisos, geometrías y talaveras orientales. Decir México es también cantar y danzar en resistencia por la paz. Decir México es también decir, ¡que viva la libertad! Por ello, ¿quién lo podría negar? la premisa es la conclusión.

Miguel Ángel Cabrera

El Gran Oriente Medio, según Andrew J. Bacevich

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