Desde la revolución de la conciencia #1

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En el momento en que la filosofía dejó de percibir al espíritu civilizatorio, que no dejar de creer en él, se volvió insular y cómodamente académica. En el inicio de su historia, los filósofos han sido capaces de incidir, en mayor o menor medida, en el ámbito social con nuevas teorías políticas o avances científicos. Que en la posmodernidad mexicana, por tanto, el filósofo, más que inexistente sea estigmatizado –lo cual es más grave porque dota al ser de negatividad implícita–, no refleja sino el final de un período o gran época. No habría que sorprenderse porque uno de los principios de la historia es la variabilidad o permutación de sus elementos. Ello indica que estamos en el inicio de un nuevo ciclo de pensamiento, con lo que la posibilidad de un mutismo exacerbado se nulifica. La velocidad para hacerse de esta afirmación, no obstante, tiende a ser menor que la premura de los acontecimientos mismos. En ese momento se encuentra la posmodernidad mexicana, es decir, en el punto cero de gravedad antes de un drástico amanecer de la conciencia, que no implica una realidad filosófica solamente sino un sacudimiento social generalizado. Quizás dicho momento se negocie con el gradualismo, quizás con la amable ferocidad del despertar político, como hasta ahora al parecer se ha manifestado; lo cierto es que 2021 representa una fuerza simbólica sin precedentes, al mismo tiempo por su simbolismo que por la rendición de cuentas de los hechos, tal como se observan en el actual proceso revolucionario que busca relegar las injusticias. Que un sector preponderante de la población, muchas veces instruido, dude de la realidad misma, no puede ser sino resultado de la previa instalación del tipo de nihilismo que quiere convencer que todo es relativo, o que cada quien percibe el mundo según su experiencia, tal como pensaba el sofista Protágoras, para quien el ser humano es la medida de todas las cosas, lo que implica la negación de todo acuerdo y la posibilidad de un estado de anarquía. Por otra parte, como la historia es un proceso complejo y dinámico que varía dentro de la repetición y el progreso, al menos para los que nos hemos consagrado con terquedad a comprenderla y con ello a la condición humana, no podemos sino vaticinar la pronta resignificación del ser en tiempo, y más cuando se asume que el fuego espiritual y atemporal de México se manifiesta una experiencia concreta y formativa de cada época. Baste un ejemplo de este riquísimo tesoro con el concepto de toltequidad, que no es sino la revelación de la verdadera filosofía mexicana por el histórico sacerdote Topiltzin Quetzalcóatl, tan compleja y esencial que no solamente sorprende su denostación por parte de los filósofos mismos, sino por el máximo nivel de perfección ontológica y racional que la emparenta con los sistemas de Spinoza, Platón y Heráclito, o Schopenhauer y Kant, toda vez que la vuelve análoga a las filosofías del Indostán y el Tao de la mística China. Tal es el estado de la cuestión y tal es también la oportunidad de reformar efectivamente, es decir, recordar, la naturaleza de aquello a que nuestra identidad, por su preciosa geografía, nos impele como corazón civilizatorio que México representa en el continente americano. Es necesario por tanto despertar de nuestro letargo dogmático y abrazar el cambio de época con realismo y menos con imaginación, pues todo cambio también representa peligros en la construcción de nuestro viejo sistema de creencias. Más que una aparición o nacimiento ex nihilo, el pueblo cósmico es una construcción que debe ser procurada, y que inicia en la misma voluntad horadada en la historia, esa fuerza que, casi inexplicablemente, nos proporciona todo aquello que anhelamos al transfomar al individuo aislado en animal político, en sujeto colectivo sin menosprecio de las libertades individuales. La libertad es nuestra: hay que tomarla con carácter.

Miguel Ángel Cabrera

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