Suave paradoja. Desde la revolución de la conciencia #2

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Mural en Cacaxtla

La experiencia histórica nos enseña que la razón es un fundamento irrecusable pero no el único. La Modernidad como era existencial de la ciencia, el liberalismo político y el progreso no podría haberse registrado sin el necesario par que le sucedió, la era de la intuición, también llamada movimiento romántico. Ello en términos del decurso de las ideas occidentales. Es evidente, no obstante, que el espíritu civilizatorio es caprichoso y no obedece los dictados de los consensos, pues todo consenso es político en un sentido antropológico. De algún modo inexplicable el espíritu es libre y gusta de horadar en cualesquier momento con su propia voluntad, con su propia concreción en los dictados de las civilizaciones.

En el caso de México, por ejemplo, podría decirse que su historia moderna es absolutamente trágica debido al olvido de sí que advino en épocas preponderantes, pero también porque la propia civilización y su intuición espiritual pueden leerse en términos de una búsqueda y una caracterización por las más nobles aspiraciones de un pueblo. Aquí somos artistas por naturaleza, de ese modo, tanto como el hombre nórdico histórico ha sido inventor o explorador, o el europeo contemporáneo, de calidez racional. Mesoamérica, literalmente el centro de América, es de calidez en las acciones. Se nota en la generosidad de su gente, y en la intuición de sus muchos sabios, y de sus comunidades originarias, algo que comparte, en general, con las naciones del polo sudamericano.

El caso de México es trágico, pues, debido a que su propio corazón y bondad lo arrojan a querer siempre el bienestar ajeno, que es el propio, y que los colonizadores, antaño, han interpretado como la desinteresada entrega del ser mismo. Pero es trágico en este sentido, y sólo en este sentido con todas sus derivaciones, naturalmente, porque México posee una geografía envidiable, cuyos mitos mesoamericanos lo colocan como el paladín diplomático de América o, como pensaban los mexicas, el axis mundi de todo punto cardinal. El mexicano saluda con devoción al norte frío, al sur agreste, al Occidente con su hipnótica luz y al Oriente con la belleza de su complejidad.

Debido a la resignificación cultural misma que no beligerante de ese mito mexica en el contexto de un estado-nación moderno (y no sólo el Valle del Anáhuac, verdadero corazón continental de nuestro país) cuyo mismo nombre delata su destino, –“el ombligo de la Luna”, que en realidad se traduce en términos conceptuales como el centro del continente, pues para los mexicas la Tierra es el espejo de aquel astro–, nuestro país se ha destacado por esa entrega del ser, que también puede leerse como un intercambio histórico del ser, o un sincretismo a lo largo de todo el espectro que una sociedad puede registrar.

Es posible, también, dar cuenta de ese fenómeno a través de la historia del arte con copiosos ejemplos desde los murales de Cacaxtla, verdadero mestizaje maya-tlaxcalteca, hasta los frisos que dieron carta de naturaleza al movimiento muralista de inicios del siglo XX. Lo preponderante es dar cuenta, entonces, que el mestizaje en suelo mexicano en consubstancial a su historia, con lo cual es imposible definir los límites imaginarios de su identidad. Ello presenta una notable paradoja en un mundo que, recursivamente, se alza en los soberanismos como recuerdo de lo que las tradiciones colorean en su identidad, pero también como crítica a lo que el neoliberalismo secuestró en sus nuevas generaciones, empujando hacia la marginación, la pobreza y la incertidumbre a tantas personas. Esa nueva polarización definirá en gran medida el siglo XXI tal como se ha visto en el siglo anterior, por lo que se vuelve imprescindible aprender de la historia sus lecciones. Recuerdo ahora el caso de Aldous Huxley y la crónica de sus visitas por la Ciudad de México. Pienso en su amarga descripción de una sociedad absolutamente desigual, con vislumbres de malnutrición periférica frente un centro privilegiado, y en la crudeza de los paralelismos con el presente.

Por ello la investigación y praxis de los pensadores debe iniciar en el registro cronológico de las cosas. La pluralidad de tradiciones, por otra parte, y su delirante riqueza, es otra constante de la que es posible dar cuenta hoy en día, pese al paso de los enjuagues seculares de un Occidente en decadencia, tal como lo había pensado Oswald Spengler. Es decir, la notable ontología del ser mexicano se confirma en la adscripción de ese constante ser creativo, que es un ser integrador de todas las diferencias porque es al mismo tiempo una entrega del ser nativo, una génesis eterna nacida de los elementos más disímiles rayana en la experiencia surreal, lo cual no es oprobio sino fortaleza, pues tal es el origen, abstracto, del consenso y, por tanto, de toda potencial diplomacia en los niveles de la jerarquía legislativa.

Se explica de este modo, gracias a la psicología profunda, la raíz de una escuela diplomática de altos niveles en suelo mexicano, mediadora entre el Norte industrial y el Sur de las pueblos sabios, pero también del Occidente secular frente el Oriente y su poderío mitológico. Esto nos lleva al momento más preponderante de esta nota, a saber, la clarificación de todo nacionalismo mexicano como una virtud misma. Ante la archisabida definición de nacionalismo como la de toda sustracción, es decir, la de toda limpieza ante la influencia de otras culturas, con la clara intención de recuperar la esencia misma de un pueblo en sus manifestaciones más antiguas, el nacionalismo mexicano es único en la estirpe de los soberanismos de la mano de su determinación geográfica, pues se define y se demuestra como la más pura de las mezclas civilizatorias, desdibujando las fronteras de la imaginación geográfica e impulsando el númen hacia las más agresivas y amables muestras en lo que suelo llamar “la experiencia del alebrije”, que no es sino la experiencia de la unidad de lo que, en apariencia, es absolutamente disímil.

Dicho en una fórmula: ser un nacionalista mexicano es ser cosmopolita, tal como se aprecia en la evidencia histórica, desde el arte hasta el acontecer diplomático y de convivencia. Ser nacionalista mexicano no es ser excluyente, como en el caso de cualquier supremacismo anglosajón, ario o euroasiático. Este nacionalismo integrador, vuelto consciente, define a México en la gran constelación de las naciones como un centro de sentido y un fractal dentro del caos, lo cual más que un privilegio es un compromiso, pero también es un destino manifiesto por el cual los humanistas debemos justificar toda consideración cultural, que en el fondo es una manifestación política. ¡Qué paradoja tan benéfica: ser mexicano es pertenecer a todas las culturas y también a las propias! Quedan así establecidos en pocas palabras los fundamentos teóricos del nacionalismo mexicano como fenómeno de integración civilizatoria, sin detrimento de los tímidos que por necedad o costumbre se nieguen a observar su propia identidad unitaria hecha de sabrosos fragmentos globales. Como diría Platón en el diálogo ‘Gorgias’: lo verdadero no puede ser refutado.

Miguel Ángel Cabrera

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