Desde la revolución de la conciencia #4. Una política de lo intangible

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El mundo de lo posible es la primera realidad material. Un apriorismo de ese género podría hacer levantar las cejas de más de un pragmatista, pero ello se debe al hecho de que la esfera de la acción es a su vez la esfera de un tinglado de oposiciones y deliberaciones que se manifiestan en el pensamiento. Esto no quiere decir que el pensamiento sea el elemento constitutivo de esa manifestación material, lo cual no es polémico.

Antes bien declaramos que toda posible determinación en el mundo de los sentidos y de la convivencia depende de un elemento intangible que le proporciona un fundamento que está fuera, por decirlo de algún modo, de la constitución social, y que no depende de ella. La presuposición de un elemento de esta índole, podría interpretarse, sustrae cuotas de libertad al acontecimiento del ser-individuo, y ello es algo plausible e incluso necesario porque ningún concepto en sí mismo es acrítico. Nos implicamos así con el problema de la distinción entre libertad y su virtud imitante, la efusión. Al instrumentalizar la libertad, la simple efusión carece de aquello a lo que se encausa, es decir, tornarse a la raíz de la experiencia humana, y no a la inmediatez del vuelo de las ideas. Es paradójico, de ese modo, que la libertad quede enmarcada en aquello que presuntamente pretende diluir: la dependencia de toda revolución fundacional. Ello explica la manera en que opera el anarquismo de menor barniz, a saber, la dislocación de un hecho formal y concreto respecto a su manifestación como deseo de transformar la realidad… sin lograr transformarla. Tal es el origen de la política-ficción.

La libertad entonces tiene limitantes, lo cual no es injuriar la libre manifestación de experiencias individuales o colectivas. ¿Podría existir una estructura geométrica sin aceptar aquello que no es? En el borde de la imaginación existe siempre un elemento indiscernible de la misma manera en que el silencio dota de sentido a cualquier composición musical. Los músicos admiten esta verdad.

Con ello entramos en el complejo mundo de la fenomenología de la percepción sin admitir su fuero relativo. Lo preponderante de ese ámbito es simplemente observar con profusión la manera en que el contorno, perímetro o agente formativo, que no limitante, revela precisamente aquello de indeterminado que tiene cualquier acontecimiento político, cualquier entidad decisora o individuo como representante.

Al instrumentalizar la idea de libertad, el hombre moderno se volvió siempre auto-referencial, desvinculándose de la vida de la naturaleza; puso en peligro, de ese modo, a la misma vida de la mente, principio rector, aunque no generatriz, del orden racional de una comunidad. Pues bien, al existir una mayor vinculación con la naturaleza previo al auge de la parafernalia modernista como, por ejemplo, en el caso de las civilizaciones más antiguas y éticamente avanzadas y, al mismo tiempo, al comprender la manifestación de lo intangible, del silencio libertario, de todo fenómeno de los sentidos, resta preguntarse por las cualidades y atributos de aquello que nos proponemos vislumbrar. La incógnita no es el vacío sino la carencia de él, es decir, pues, que habría que poner de manifiesto el fondo por el cual cualquier figura, abstracta o política, es aprehensible.

Como la efusión recrea solamente los elementos de un orden sin hacerse de un sentido, y como lo intangible determina la realidad de los fenómenos sensibles, resulta evidente que debe existir un vínculo o hipótesis del continuo entre el ser humano y la realidad política que le dota de un ser inmediato, pero también con la naturaleza sin la cual no puede regenerar su cosmos de valores, mitos, economía y arte. Sin máximas explicaciones, las comunidades son capaces de auto-inmolarse por perdurar en lo justo-intuitivo, del mismo modo en que un padre o una madre mueren al entregar la vida a sus hijos para revivir en ellos y hacer perdurar la especie. Tal descripción, acaso antropológica, remite a la manifestación puntual de una inmanencia creativa y prácticamente indescriptible de la realidad, desnuda, tal cual es. Por eso los enunciados científicos nunca van a ser del todo los enunciados que, principalmente, expliquen el mundo de los sentidos. Ya no sea diga al númen.

Manifestamos nuestra creencia de que la política de lo intangible es el amor. No podría ser de otro modo, pues por grande que pueda ser el logos político que se adscribe a una planeación, un fuero constitutivo o una asamblea legislativa, la estrepitosa fuerza del presente siempre se deshace en los filamentos de lo que no se creía posible. Tal es la maldición de la palabra, pero también la puerta que descubre el camino de un tipo de experiencia lejana a los ojos del ser humano moderno, y que algunos podrían llamar esperanza, fe, o simplemente principio de realidad. Con ello arribamos a la paradoja de que lo más intangible tiene una de las mayores fuerzas y energía de transformación, ciertamente, pero también de fundamento. Se concluye, así, que la mayor libertad implica hacerse de la menor de las certezas, y que la incertidumbre es uno de los principales elementos forjadores del carácter, y de la misma posibilidad de ser antes del ser.

Sin la política de lo intangible no hay incertidumbre, no hay vida, no hay República.

Miguel Cabrera

viernes 24 de septiembre 2021

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