Desde la revolución de la conciencia # 5. La formación metafísica del Estado

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«La balsa de la medusa», por Louis Théodore Géricault

La política de lo intangible estriba en la afirmación de toda posibilidad. Su contrario, la nulidad intuitiva, racional y ética del ser humano, es decir, el movimiento sin una forma determinada en el ámbito del bien común, propende la mayor de las veces a la intolerancia, a la negación más absoluta del otro incluso con la mayor creatividad posible, lo cual sucede en el caso en que se agotaron las formas puras de la comunicación y del efecto del significado de las palabras, como sucede en la era de la posverdad. Tal es la magnitud de la crisis. Estamos entonces ante el origen de la inmovilidad y de la primera ortodoxia, la del pensamiento, acaso la más violenta de todas.

Habría que meditar, por otra parte, en la desconfianza actual originada desde la sociedad civil para con las formas estatales, fenómeno de difícil explicación, ciertamente, pero que esconde el mayor malentendido de todos, a saber, la definición misma de sociedad, la definición misma de la pulsión vital. A la idea de que el ser humano es una criatura terrestre habría que añadir que es un ente de vitalidad creativa inagotable, capaz de modificar y permutar el mundo de los sentidos a su voluntad, lo cual da origen a la experiencia estética, primero, y a la salvación espiritual por las obras.

A la definición neoliberal del Estado como la suma de las instituciones administrativas y su correspondiente compañera, la sociedad civil, habría que barruntar y asegurar aquello que de incognoscible se manifiesta en la realidad política. Libre de toda clasificación, no hay más que ser humano, etnia, vida en el mito. La búsqueda por el númen comienza de ese modo en la persecución misma, colectiva, por comprender el sentido de la existencia, sin necesariamente preguntar por ello en voz alta. No son sino las duras condiciones naturales lo que motiva a los grupos sociales a festejar la angustia ante la lluvia o el calor, y a llorar a los muertos, o a festejar su tránsito a misteriosos niveles de conciencia, como lo demuestra la historia de la antropología.

En resumidas cuentas, parece innegable el hecho de que el individuo completamente aislado tiende a fenecer, pues las mismas circunstancias del pasado maravillan por su complejidad y similitud a las generaciones contemporáneas: en el silencio, y después en la acción, se resuelven todos los problemas filosóficos. Ello abre un espacio para dudar incluso de la titánica y preponderante labor de la tecnología, por una parte, pero también de la palabra misma, pues el arte de la comunicación a través del discurso es también una manifestación tecnológica, tal como su raíz etimológica lo demuestra. Por cierto que también el «know how» es tecnológico. De ese modo y en un mundo en crisis de comunicación, la existencia de la posverdad implica, por tanto, el nacimiento del mayor salvajismo y el debilitamiento de toda conciencia política, así como el surgimiento del mayor de los individualismos. No obstante, el discurso (logos) perdura, lo cual demuestra su cimiente plenamente humana como un hecho concreto de su vitalidad.

El individuo aislado como cosmos autocrático es una aberración, porque aunque manifiesta incluso a la mónada creativa y espiritual en pensamiento y arte, persigue, sin ser plenamente consciente de ello, la anulación del otro, que es la anulación del pluralismo. Es posible prescindir de ese modo de todo arreglo u orden social, de toda administración pública. En ese caso se ha llegado a la máxima radicalización de la distinción entre Estado y sociedad civil. ¿Qué es, pues, el liberalismo?

Hemos afirmado, no obstante, que allende las instituciones existe una política de lo intangible, precisada y definida ahora ante las adversidades a las que nos enfrentamos como sociedad. Por ejemplo, ante un terremoto o crisis auténtica, las instituciones sólo se comprenden en su desnudez empírica, es decir, en su mayor pragmatismo humanitario. Queda demostrada, así, la identidad entre lo intangible y lo pragmático. Claramente se aprecia que el amor al otro es el origen del hecho político, cuando se vislumbra, al fin, que el fundamento y destino de lo político es el bien común.

De la misma manera en que el humanismo es intangible, así lo es la experiencia mental e intuitiva de dicho bien común, y que antecede toda legislación y todo costumbrismo. El humanismo, parafraseando al místico poeta alemán, es sin por qué: florece porque florece.

En el origen, en su génesis, el Estado, se observa, se tilda en el conocimiento de las agrupaciones sociales, en la tribu, en la etnia, en la democracia. Se anula de ese modo la necesidad primigenia de lo institucional para sustituirlo por lo político-inmediato que, más tarde, devendrá nuevamente en otras manifestaciones como el parlamentarismo y el contrato social constituyente, es decir, que de ese modo estaríamos ante la presencia de la reforma de las mismas instituciones. También se anula de ese modo la distinción entre sociedad civil y Estado para revelar la existencia del elemento que le antecede, el pueblo y, en México, por cierto, un pueblo de artistas heredero de la filosofía del Quetzalcóatl histórico, gran benefactor de Tula, aunque también del genio de Esparta y Atenas.

Del mismo modo en que nadie puede observar, tocar o percibir el perfume (¡o fetidez!) de un número, como el cinco, cuatro o tres, del mismo modo nadie puede negar su existencia. La idea de bien común, se concluye, desde su fuero metafísico deriva en la mayor de las materialidades, pues el pensamiento es también un sentido humano.

Nuestra respuesta ante el caos global es intangible, la acción política misma y concreta: la mística creativa del orden, el humanismo.

Miguel Cabrera

martes 28 de septiembre 2021

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