Desde la revolución de la conciencia #6. La soberanía del tiempo

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Estar o no estar contigo es la medida de mi tiempo, decía un poeta argentino. Tal declaración podría asegurarnos que la compañía es más que un acto contingente. Habría además que poner las cosas en perspectiva porque la pandemia nos ha dado la oportunidad (a algunos), más que de meditar, de readaptar la convivencia, lo más posible, a sus formas originarias. Me explicaré con un par de ejemplos alimenticios.

En el peregrinaje de la ruta de la seda, en aquellas tierras apartadas, algunos musulmanes acercan agua fresca a sus cansados camellos. El sentido de usar turbante en un ambiente tan cálido es el de protegerse del sol, sí, pero también el de esperar por el sudor del rostro para después ser refrescado por la natural brisa del desierto, a veces blanco por la nieve que llega a tapizarlo en días de belleza excepcional.

Uno de ellos, un derviche sufí hace el llamado la oración con eco atronador. Sería tal vez la hora de “magreb” o la oración del inicio de la noche. Los musulmanes cierran filas y hace las prosternaciones correspondientes con dirección a la Meca, una de las ciudades sagradas junto con Medina. Se disponen inmediatamente algunas alfombras en un lugar certero y todo se arregla con gran amor para la merienda, tal vez porque se encuentran en el mes de Ramadán y es necesario romper el ayuno tras un forzosa jornada de comercio, tal vez porque saben que no hay nada además de Alá. Es llamativo que sirvan agua fresca en jofainas de cerámica persa con brillo azul y turquesa.

A la luz de una fogata y en platos comunitarios se hacen de sus alimentos, de los cuales cada persona se sirve exclusivamente con la mano derecha. Tal es la tradición. Tras varias dosis de risas comienza un hecho inaudito: una espontánea celebración se hace presente con melodías antiguas, percusiones y cantos de alegría. Lo que a ojos contemporáneos podría parecer una cena ritual de amistad, era sólo en realidad una cena más.

La escena anterior también fue común en la antigua Esparta. Un número copioso de espartanos que regresaban de su entrenamiento filosófico y físico junto a las mujeres festeja en una sistía o fiesta colectiva. Algunos de ellos preparan el jabalí acompañados de antorchas y ánforas de vino consagradas en Olimpia a Démeter, diosa de la fecunda naturaleza. Más tarde, la melodía de la flauta doble acompaña al arpa tañida en el modo musical dorio. Ello en una ciudad que carece de muros.

Dos momentos en el espacio bien podrían ser dos momentos en el tiempo porque aquél está en función de éste. A una geografía espacial se le podría por tanto añadir una geografía de tradiciones o ideas. Esa geografía secreta recibe el nombre de geomitología, pero no por el hecho solamente temporal de sus virtudes sino porque la fuerza de la tradición ordena cualesquier intencionalidad de convivencia grupal. Todo se ordena en torno a las creencias, un corpus organizado de ideas.

¿Qué tradición al ser humano posmoderno le remite su fuero intrínseco? A Occidente, la vida exclusivamente secular le ha prodigado la tormenta del silencio interno, que no es otra cosa que una certeza absoluta del mayor de los desarrollos. Cabría preguntarse finalmente a su vez por las delimitaciones del concepto mismo de lo occidental, lo que da paso sin mucha demora a observar que la realidad mexicana podría parecer un caso muy excepcional al ofrecer la contradicción entre vida moderna y vida en el mito. Esa interrogante ya ha sido despejada y ahora pareciera más consecuente anteponer esas dos concepciones, lo cual podría hacerse en próximos escritos.

Agrupados en un espacio físico y en otro mental, la organización de la sociedad no podría determinarse sin una idea central como el punto central de un círculo. ¿Por qué no delimitar también de paso el espacio en función de las creencias? En su momento arribaremos a la inevitable confrontación de cosmovisiones, a la guerra, que con ello se vuelve constitutiva de la naturaleza del ser humano, innegable, pero consustancial como lo es toda la superficie de ideas civilizadas, arte mayúsculo, filosofía o instante de felicidad anónimo. Cada mito y creencia conlleva, entonces, alguna relación con la soberanía de su expresión social.

El desarrollo de esa hipótesis nos llevará a comprender la gran pluralidad de culturas, etnias y pueblos que en su mayor humanidad comercian en la idea del otro, de lo ajeno, de esa experiencia de incomprensión que provoca el miedo, la burla o la guerra, ciertamente, pero sin desear nunca la violencia hacia la especie misma. También el conflicto tiene sus leyes y códigos precisos. Cada tribu urbana su constitución, cada espacio geomitológico, cada esfera, persigue su propia soberanía. La siguiente interrogante que intentaremos despejar será la de la persecución de una soberanía por la paz.

La soberanía del tiempo, se observa, es la soberanía del espacio y del mito.

Miguel Cabrera

miércoles 29 sep 2021

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