Desde la revolución de la conciencia #7. Mayahuel y Patécatl: la búsqueda por el conejo de la Luna

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De entre los incontables frutos que en el mundo han sido el maguey merece un lugar especial, ya por su lenta y verde eternidad, ya por su casi inagotable mitología.

En su modesto libro «Historia del nombre y de la fundación de México», Gutierre Tibón nos lega con rigor estadístico las 70 etimologías asociadas al sustantivo México. Su contabilidad nos ofrece el riguroso número 20 en las etimologías asociadas al maguey, la más recurrente, (lugar entre magueyes; maguey cósmico; lugar de liebres entre magueyes; lugar en el ombligo del maguey), lo que rebasa las 16 asociadas a términos lunares o selenitas. Esto podría causar intriga en más de una persona.

No será complejo hacer sentido de ello desde una óptica conceptual y geomitológica.

Henry Bruman considera que Hidalgo es el estado originario del pulque. Otras opiniones se desgranan entre las investigaciones de Rogelio Valadez-Blanco, Adelfo Escalante o Bernardino de Sahagún con posibles epicentros en los olmecas (2,000 a.C.), los otomíes y los olmecas-uixtotin, respectivamente.

Los informantes nahuas de Sahagún, por otra parte, nos han legado un mito creacional al respecto. Cuentan que en la noche de los tiempos una mujer, Mayahuel, habría llegado a descubrir el proceso de perforación para extraer la bendita savia. Por su parte, narran, el audaz Patécatl logró hacerse de los brotes y las raíces de plantas que se añaden a la bebida para potenciar su efecto ritual o con fines aromatizantes, en clara concordancia con la filosofía mexicana que hacía del dios-dual hermafrodita (principios masculino y femenino) u Ometéotl el equivalente del Primer motor aristotélico. En las atalayas de una montaña mítica, Popozonaltépetl o «montaña espumosa» se habría en fin confeccionado y refinado el primer pulque. Los estudiosos observaron que en los códices de tinta negra y escarlata perduró la efigie de Patécatl como conyuge divino de Mayahuel.

El investigador Giorgio Samorini ha rubricado algunos folios con la siguiente leyenda:

«La planta de agave también está involucrada en la peregrinación histórica que emprendió el pueblo mexica, dirigida por un sacerdote llamado Mecitli. […] En la historia de la peregrinación se informa que, cuando nació, quien se convertiría en el sacerdote guía del pueblo mexica, fue llamado citli (liebre) y fue puesto en una hoja de maguey. De esta manera se fortaleció y se le dio el nombre de Mecitli (por me, forma abreviada de metl, ‘maguey’ y citli ‘liebre’). Cuando se convirtió en el líder de su pueblo, sus vasallos lo llamaron Mexitli (reemplazando el fonema c por la x), que significa ‘liebre magueyera’. Como puede observarse, la compleja relación simbólico-mitológica que los nahuas entrelazaron entre el maguey, el pulque y el conejo ya estaba presente desde los albores de la etnohistoria y su civilización».

El lector debe saberse informado de que el maguey ofrece su pulque por lo general en zonas que alcanzan cierto grado de aridez. No puede, no debería sorprender por tanto la relación oasis-desierto que se pergeña en estos mitos. También hay desiertos azules: el mar o una región lacustre.

Lo anterior se vincula con la célebre leyenda de la formación del quinto Sol. El vate italiano continúa un poco más adelante:

«Cabe señalar el factor común en estas historias chichimeca, maya y nahua sobre la embriaguez de 400 personajes, ya sean deidades o humanos. El conejo (tochtli), es un símbolo estrechamente relacionado con la luna y la embriaguez; los nahuas creían que las manchas oscuras en la cara de la luna representaban un conejo, y múltiples fuentes informan de esta asociación entre los huastecos. […] Un mito transmitido en múltiples versiones se refiere al nacimiento de la era (Sol) en Teotihuacán, cuando los dioses se reunieron para elegir entre las deidades al que tendría el honor de sacrificarse y que naciera así el nuevo ciclo cósmico. Para ello se enfrentaron Nanahuatzin -el dios humilde, lleno de bubones- y el opulento Tecuciztécatl. Teniendo la oportunidad, este último desistió de arrojarse al fuego en cuatro ocasiones, mientras que Nanahuatzin no dudó y tras saltar a las llamas se convirtió en el brillante Sol. Por su falta de coraje, Papaztac, uno de los dioses del pulque, le arrojó un conejo a la cara a Tecuciztécatl, quien tras arrojarse al fuego se convirtió en la Luna, quedando la huella del conejo plasmada en su rostro. En los códices, la luna suele ser representada simbólicamente como un jarrón que contiene un líquido, y en cuyo interior se dibuja con frecuencia un conejo, y ocasionalmente una pequeña concha o una piedra focal.»

Una posible interpretación de que precisamente Papaztac, deidad del pulque, lanzara el famoso conejo al dios mendaz, radicaría en la necesidad de equilibrar la valentía de Nanahuatzin, quizás en trance de embriaguez pulquera. No pocas veces la embriaguez mística ha sido crono-referida en los antiguos mitos griegos, sumerios e hindúes. En fin; desde el inicio del quinto Sol, es decir, desde tiempos inmemoriales, el conejo ha sido uno de los avatares de la Luna y, a su vez, refiere Gutierre Tibón, ha estado vinculada a los ciclos rituales de la lluvia ofrendados a Tláloc, regente del elemento, es verdad, pero también de la fecunda agricultura, tal como lo escuchamos alguna vez de López Austin, insigne historiador mexicano.

Quedarían vinculados de ese modo y sempiternamente la lluvia y el pulque, pues no es mentira afirmar que la savia nutricia del agave es valorada como lo es el cáctus en el desierto. Ello parece confirmarlo otro pasaje en Samorini:

«La relación entre el maguey y la Luna fue descubierta por los tlachiqueros (recolectores de aguamiel), quienes notaron mayor producción en los periodos de luna creciente, relación que se destaca en algunas representaciones de la planta de maguey en los códices.»

Nos confrontamos ahora al momento decisivo. Hemos encontrado que la aparente ambivalencia entre la definición de México como ‘ombligo de la Luna’ y, a su vez, las que la asocian al maguey cósmico, al lugar en el ombligo del maguey o al lugar de liebres entre magueyes no es sino el desdoblamiento de un mismo concepto central anclado a la coparticipación del astro selenita en la mitología mexicana. Quedará para otro recoveco literario intentar descifrar siquiera lo esencial que comporta la Luna en nuestras antiguas tradiciones de obra y pensamiento. Por otra parte, el valle del Anáhuac, según ha demostrado Tibón con exquisitez y rigor cartográfico y mitológico, nos prodiga desde las alturas la silueta de tochtli, un conejo, pues para los mexicas Tenochtitlan era el espejo terrenal de la Luna. De ella, no olvidemos, creían, provenía la lluvia. El mapa es el siguiente (p. 832):

También habrá ocasión de dar cuenta de la importancia de esta planta en los estados de Hidalgo y Tlaxcala, así como de sus cualidades alimenticias sin parangón energético. Lo cierto es que no parece inconsecuente decir que el conejo y el maguey representarían acaso con mayor certeza mítica al concepto de lo mexicano, sin menoscabo de la manera en que lo han hecho, exitosamente, el águila y el nopal.

Miguel Cabrera

sábado 9 de octubre 2021

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