Desde la revolución de la conciencia #8. Una nueva definición de filosofía

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No cabe duda que los tiempos de la mente son exigidos por los tiempos de las circunstancias. Que la realidad haga acto de presencia, no obstante, no deja de colisionar con lo que algunos filósofos denominan como «el fin de la palabra», que es a su vez el fin de la sinceridad, o al menos así se ha pensado, casi inclementemente, desde el pensamiento posmoderno.

Nos ocupa, pues, la idea del simulacro, la cual no es avara de frutales valles de elementos discursivos, no diríamos retóricos -pues la retórica es una de las formas del mejor arte- sino algo más intuitivo: de prolija cercanía, casi como de amistad. Y esa esfera es la que prima, muchas veces sin manifestarse -y de ahí su radicalidad-, en toda cualidad de los sentidos, es decir, en toda percepción.

En resumidas cuentas los signos que forman el discurso del poder sin crítica se volvieron el polvo que el mundo se quita de sus pies, ya por la necesidad del eventual descanso de un caminante, ya porque todo puede aparecer como real, a veces sin serlo. En tal contexto, pensamos, irrumpe en infinita fuerza la realidad alternativa de la fiesta, o del hecho político que en sí es un orden, carente, pues, de toda reflexión y de toda semiótica, lo cual, nos parece, no es sino una alabanza al tiempo mismo, al tiempo en la jugosa primavera o al bronce del otoño. La paradoja es que la alegría que se extrae de esa celebración conduce, casi inevitablemente, al mundo de la expresión verbal. Normal: en toda batalla épica batalla existe un bardo; en toda auténtica cercanía una pulsión fotográfica, un registro crono-mítico.

Para ser filósofos tangibles, de ese modo, habría que abandonar todo pensamiento irreparable, toda floritura y toda pretensión de descanso. Ello lo exige la muerte de la filosofía en Occidente, que no es sino el mote mismo del pensamiento posmoderno. Discutir la imposibilidad, entonces, conduce al sin sentido y a otro tipo de celebración, la de la peor locura con disfraz de racionalismo.

Al arder las bibliotecas, metafóricamente, arde el pensamiento en los sentidos mismos, y la palabra espiritual abarca y se deposita en la vista, el tacto, el gusto, y así hasta llegar a la intuición misma. En los principios de la sociedad fue el Sol, su mística desnudez que inspiró, que inspirará a los hombres para transmutar al astro en arte, en música, en el cálculo del tiempo y, por ende, en el surgimiento de lo social en tanto kosmos, es decir, en orden político, así, sin las cortapisas elegantes de un escriba, ni aun los versos de un Homero en la corte oriental, ni en el diálogo que celebró un espartano antes de la puesta del sol con un músico pitagórico en la antigua ciudad de Fliunte (en dicha ciudad, nos refiere Cicerón en sus ‘Discusiones tusculanas’, habría nacido la filosofía griega).

Que la escritura, por tanto, deba volverse una celebración, no será reconocido por los autores de mayor prestigio que siguen vivos gracias al pasado, ni a los del porvenir. Esa escritura por su propia hechura, y para afirmar la vida, tendría que obliterar su pretensión de eternidad, sin dejar de latir por ello al ritmo de las estaciones. Los signos caen de las páginas y el folio, ahora completamente blanco y vacío arde en el clamor de los discursos que afirman y transmutan al ser en un nuevo ser. Palabra viva es la palabra de la entonación; nos referimos a aquello que, improvisándose, conduce nuevamente al pensamiento y a la reflexión propia del auténtico filósofo, quien muchas veces no se concede a sí mismo ese horroroso cargo.

El fin de la palabra, al menos en México, conduce nuevamente a valorar la vida del mito, con su logos inasible, sus tradiciones y organización social, tal como lo exige el Sol-de-movimiento (Nahui ollin). De la misma manera en que se oficia una antigua tradición o un médico ausculta un paciente, así la filosofía real se embebe del sentimiento de las amplias sociedades. Nuestra fórmula, se deduce, tendría que ser la siguiente: el médico es al individuo aislado lo que el filósofo a los grandes colectivos. Un filósofo de lo particular no es sino un mero simulacro, del mismo modo que un médico de lo colectivo no es más que un falso comerciante.

Nosotros los filósofos conjuramos el libro y de su ficha espacial para volverlo palabras de vida, crítica y observaciones sin fin sobre las posibilidades de la condición humana. La erudición es simplemente un medio, una escalera que debe tirarse al suelo tras alcanzar el techo de la certeza.

La palabra es un artificio sensual para transmutar el ocio en orden. La palabra es un proceder erótico del pensamiento vivo, como una liturgia de la primavera, o el bronce de la amistad.

La filosofía auténtica es un elixir medicinal para un pueblo dormido.

Miguel Cabrera

domingo 24 de octubre 2021

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