El pasado sábado 19 de marzo pudimos ser testigos que la primavera se dice, infinitamente, de una única manera. En el marco de la Jornada de Nowruz: el año nuevo persa, organizada por el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, los asistentes renovamos nuestra contemplación por las formas más abstractas y tangibles de lo bello, después de una aciaga temporada que nos distanció de la convivencia pública, acaso la manifestación más importante de la amistad. En punto de las doce del día dio comienzo el taller Omar Jayyam: Poesía persa entre el mito y la realidad. ¿Cómo olvidar, por cierto, aquellos versos de Borges que hacen las veces de homenaje al autor de las Rubaiyat? Los recordamos de la siguiente manera:

Torne mi voz la métrica del persa

a recordar que el tiempo es la diversa

trama de sueños ávidos que somos

y que el Secreto soñador dispersa.

Torne a afirmar que el fuego es la ceniza,

la carne el polvo, el río la huidiza

imagen de tu vida y de mi vida

que lentamente se nos va deprisa.

Ciertamente el tiempo se nos fue de prisa, y más cuando se reconocen las afinidades colectivas e históricas del pueblo persa y las culturas de Occidente, es decir, cuando se departe entre lejanos familiares. El inglés y el farsi (pertenecientes a la familia de las lenguas llamadas indoeuropeas), por ejemplo, comparten una copiosa lista de cognados o palabras emparentadas entre sí, mismas que nos vinculan a través del tiempo con aquellas tierras que, a primera vista, nos podrían parecer lejanas y que, a su vez, son inalterables. También la historia da cuenta de copiosos casos de mestizaje como la apropiación griega del zoroastrismo en la Antigüedad mediterránea o el indiscutible helenismo de los sabios persas durante la Edad Media (como el de un Avicena, al-Farabí o Rumí). Resulta muy interesante, por otra parte, que el arte de la preparación y degustación de té (sucedió a las 2pm) o de la muestra de la historia de sofisticadas alfombras con hilos de fina seda y oro (fue a las 3:30) nos inviten a reflexionar sobre la complejidad como atributo de la pacificación.

Nos explicamos: de aquel arte, el del té (correctamente llamado chai en el Oriente), refieren los cronistas su necesaria cualidad diplomática. A nadie es ajeno, pues, que el chai propenda a hacer del diálogo la fuente sutil de la convivencia en armonía, del acuerdo, de la pausada reflexión. De este, de la geometría del hilo (muy cotizada por cierto, sólo después del petróleo iraní en el mercado tradicional), recibimos la confirmación que el arte es el óptimo medio para conseguir la paz, pues nunca existió el arte aislado de la sociedad… nunca existió la sociedad sin arte. A través de la compleja organización, muchas veces ritualista, que el arte invoca en un grupo de personas (en las comunidades de Tabriz de donde era originario Shams, el maestro de Rumí, o en Qom, Kermán o Naín), se activan mecanismos de orden, convivencia y conciencia de armonía política, de conciencia racional cuyo vértice es, en este caso, el telar artesanal. Dicho en otras palabras: el arte es unificador y pacificador. Sólo a través del arte es posible coordinar aquello que parecía disímil, o de mezclar y sintetizar lo que se encontraba en discordia, exactamente del mismo modo en que el delicado entramado de hilos y nudos forman un tapete, un kilim, o las alforjas y cojines. La belleza representa, pues, el fin de toda confrontación precisamente porque nadie es ajeno a las formas bellas, nadie es ajeno a la felicidad de la experiencia estética y porque el arte es capaz de conciliar, a través de la creatividad misma, toda oposición. El cine (que algunos consideran la gran suma de todas las artes) o las fiestas tradicionales son un gran ejemplo de ello. Esto es de importancia capital pues todo arte étnico se desplaza inevitablemente entre los intersticios mitológicos o cuerpos de creencias, muchas veces subconscientes, de una sociedad. Por cierto que la diplomacia es también un arte.

Pues bien, el 19 de marzo de 2022 nuestro convivió finalizó con la presentación musical de la agrupación Navayé Mehr (en español significa «el sonido de la bondad»), un buen ejemplo de nuestra hipótesis, quienes interpretaron instrumentos de muy antigua herencia como el setár (una lira mística de tres cuerdas), el daf (la percusión por antonomasia de múltiples colectivos sufíes), el oud (el antepasado de la guitarra) o el kemenché (un poderoso instrumento de delicada cuerda frotada). Queda la impronta, para finalizar, de las luminosas palabras de Luis Ortiz Monasterio, ex-embajador de México en Irán, que resumen la ferviente necesidad por seguir promoviendo la paz en un mundo convulso: «si tenemos un origen común es porque tenemos un destino común».

Todos nos re-encontramos para celebrar el año nuevo. Y ello fue el mayor prodigio.

Miguel Cabrera

De la exposición Alfombras de Irán: paraísos errantes. 2022.

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