Persas de la antigüedad: ¿inventores de la democracia?

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Son dos momentos significativos los que esta nota se propone exaltar. Pues bien, no cabe duda de que siguen siendo muchas las lecturas e interpretaciones necesarias en un Occidente que agoniza en múltiples niveles: ontológico, geopolítico, económico, cultural. Ya previamente el estudioso Hamid Dabashí había hecho el elogio de la persofilia como educadora de una Europa buscadora del sentido, y la refutación de un constructo estadunidense de suyo único, original y diferenciado, como lo prueba el hecho de que los padres fundadores de esa nación, verbigracia Thomas Jefferson, hayan encontrado su adecuada inspiración, entre otros, en el ejemplo de Ciro el Joven, el de la Ciropedia del militar y filósofo Jenofonte, como tantos otros casos que el investigador iraní refiere. El caso de Goethe y su Diwan de Oriente y Occidente es uno de nuestros predilectos.

Pero a fuerza de repetición nos hemos hecho escuchar en la contundente afirmación: la cultura es la primera forma que toma lo político, la vida política. La teoría de los sistemas de gobierno, de ese modo, es la representación de un acontecimiento antropológico palpable, cultural porque toda convivencia es un hecho político. Su registro no es literatura sino ciencia política, en primer lugar. En torno a la historia de la democracia, increíblemente, Cornelius Castoriadis (En La ciudad y las leyes), destacado pensador griego, anota sobre un testimonio de Heródoto la siguiente prueba de un Oriente del todo distinto a lo que suele ser interpretado en el imperativo de la conciencia hegemónica. El contexto es el de tres nobles persas que dialogan sobre el óptimo sistema político. Analicémoslo puntualmente:

«Situemos nuestro pasaje. Cambises acaba de morir en Egipto, durante el verano de 522 a.C. Un impostor, el mago Esmerdis, que se ha hecho pasar por un tocayo, el asesinado hijo de Ciro, ha usurpado el poder. Otanes, un persa de alto rango, lo desenmascara y, para desembarazarse de él, se alía con otros seis nobles, entre ellos, Darío. Esmerdis y otros magos son eliminados. En consecuencia, los siete conspiradores se adueñan del poder. Tres de ellos, Otanes, Megabizo y Darío, que aparecen como individuos de una magnanimidad y un sentido de la justicia incomparables –Solones y Pericles persas, en cierta forma-, cotejan entonces sus opiniones sobre los méritos de los diferentes regímenes políticos. De alguna manera, casi todos los argumentos presentados en el debate a favor o en contra del poder de uno solo, de varios o de todos reaparecerán constantemente de allí en más.

El primero en hablar, Otanes, para defender la democracia, comienza por criticar la monarquía, ese régimen que da libre curso a la hybris de un hombre, como acaban de comprobarlo, dicen, con los excesos de Cambises y luego con los del mago Esmerdis. Y no podría ser de otra manera, dado que el monarca es anéuthymos, irresponsable; no tiene que rendir cuentas a nadie. Les recuerdo que todos los magistrados de las ciudades democráticas griegas debían, por su parte, al abandonar su cargo, presentar una rendición de cuentas a la vez económica, moral y política. El mejor de los hombres, una vez solo en el poder, se sentirá infaliblemente impulsado –y la expresion es magnífica- “ektós son eothoton noematon”, a apartarse de los pensamientos comunes y corrientes: saldrá de sus casillas. Nuestra historia contemporánea lo prueba en abundancia. ¿Por qué es así? Porque, prosigue Otanes, el phthonos, la envidia, y la hybris son innatas en el nombre, y ambos vicios empujan a quien sea a cometer las peores monstruosidades. Uno envidia lo que poseen otros, y cuando tiene todo, quiere aún más. Un siglo después, Aristóteles dirá lo mismo de otra manera: el deseo adquisitivo es en el hombre un deseo que no conoce límites, un deseo sin fin, absurdo y vano. El monarca, en esas condiciones, se verá en la necesidad de transgredir los nomoi, las leyes y costumbres ancestrales, ejercer la violencia contra las mujeres – notable precisión: la violación de las mujeres forma parte del comportamiento habitual de un monarca – y matar a cualquiera sin juicio. En tanto que, sigue Otanes, el poder del plethos, del pueblo, es el mejor de los regímenes. Ante todo porque lleva el más bello nombre que pueda existir: isonomía, la igualdad de todos ante la ley. Otanes no dice democracia sino isonomía, en lo que es además una de las primeras apariciones de la palabra. A continuación, porque no puede cometer ninguno de los excesos de los que un monarca será forzosamente culpable: en ese régimen, las magistraturas se echan a suerte; los magistrados son responsables de sus actos; y todas las decisiones, los bouléumata, se presentan frente al pueblo. Otanes concluye su discurso con esta frase magnífica y muy difícil de traducir: “en gar to polló eni tan panta”, pues todo está en el pueblo. Esta traducción es ambigua, desde luego, pero estamos en el contexto de un elogio de la democracia: todos los talentos al servicio de la comunidad están en el pueblo; e incluso: el interés del pueblo es el interés de la comunidad como tal, etcétera.»

De manera análoga, el historiador italiano Luciano Canfora (Democracia en Europa, la historia de una ideología) refiere la siguiente acta:

«Las guerras persas actuaron como un catalizador al crear la distinción entre griegos y bárbaros. ¿Cuál podría ser la diferencia esencial entre ellos? Los griegos vivían en ciudades y los bárbaros, no: los primeros eran libres y los segundos subyugados a la autoridad de un líder. Desde la primera línea de la Historia de Heródoto los bárbaros y griegos determinan los dos polos de la historia: ‘Heródoto de Halicarnaso muestra así su investigación, de suerte que los logros humanos no sean olvidados en el tiempo y que las grandes y maravillosas proezas, algunas alcanzadas por los griegos, otras por los bárbaros, no sean sin su gloria’. La contraposición de Europa y Asia es denotada en Ésquilo en su obra Los Persas (472 a.C.) por la imagen de dos hermanas, los dorios y los persas, que son enemigos. Esta visión se proyectaría a la guerra troyana retrospectivamente, por lo que los troyanos serían tildados de bárbaros. Por mucho tiempo la idea de Europa correspondió a la manera en que los helenos se definieron a sí mismos. En la Grecia de las ciudades-estado las siguientes ecuaciones enraizaron profusamente: Grecia = Europa = libertad y democracia; Persia = Asia = esclavitud. ¿Pero realmente todos los griegos concordaban en ese punto? En un pasaje de su Historia, Heródoto argumenta muy claramente que, antes de Clístenes, la democracia política había sido «inventada» en Persia por uno de los dignatarios iraníes involucrados en la conspiración que defenestró al usurpador Esmerdis. Heródoto se lamenta del hecho que los griegos, durante las lecturas públicas de su trabajo, se hayan negado a aceptar este hecho, claramente detallado, de manera contundente. Un gran historiador de Grecia y Persia, David Asheri, ha escrito correctamente que, en ese pasaje, Heródoto se encontraría haciendo una crítica implícita en la típica equivocación de la época de que la democracia era una «invención» griega.»

Es importantísimo señalar que a nivel filológico los dorios no son otros sino los espartanos o laconios. Reciben ese nombre debido a que hablaban en el dialecto dorio, caracterizado por el uso de vocales abiertas y muy socorrido debido a su musicalidad en la composición de los coros teatrales por los tragediógrafos archiconocidos de la época. A su vez, los persas desde la antigüedad se asocian al idioma farsi (parsi). Los famosos griegos atenienses hablaban y escribían, por su parte, en dialécto ático.

Se desprende de ello un hecho que deberá ser barruntado y expuesto ampliamente en nuevos escritos. Por ahora baste apuntalar que, en su calidad de pueblos indoeuropeos (o indogermánicos como se solía decir en el siglo XIX), helenos y persas comparten rasgos filogenéticos semejantes en armonía, por ejemplo, con el desarrollo de las lenguas occidentales.

A nivel geomitológico, de ese modo, no parece inviable el siguiente pasaje contenido en el diálogo de Platón titulado Alcibíades (121e):

«Examinemos, pues, comparando nuestras cosas a las de aquellos, en primer lugar, si los reyes de los lacedemonios [los espartanos o laconios] y de los persas nos parecen ser de raza inferior. ¿No sabemos nosotros que unos provienen de Heracles, los otros de Aquemenes, y que el linaje de Heracles y el de Aquemenes se remontan a Perseo, hijo de Zeus?».

El segundo y final instante que nos gustaría enmarcar implica al volumen Vida de Licurgo (capítulo XXVI), donde el célebre cronista Plutarco describe el modo democrático en que los dorios elegían a representantes populares importantes, dicho en el argot de hoy, «a mano alzada», como contrapeso a los posibles excesos de la diarquía imperante, lo cual no es, a nuestro juicio, sino el precedente del concepto moderno de democracia participativa. Aristóteles en su crítica a la Constitución espartana contenida en el tratado Política, describe este método como «pueril». ¡Más que normal proviniendo de un ateniense a ultranza! El pasaje es el siguiente:

«Al principio nombró el mismo Licurgo a los senadores, como hemos dicho, de entre los que le habían aconsejado y sostenido; pero luego, en lugar del que moría, estableció que se eligiese el que fuese reputado por más virtuoso entre los que pasaban de sesenta años. Contienda era ésta, sin duda, la más grande y más digna de disputarse de cuantas pueden ocurrir entre los hombres; porque no se trataba de elegir entre los ágiles el más ágil, entre los fuertes el más fuerte, sino de que el que fuese reputado por más virtuoso y prudente entre los prudentes y virtuosos tuviese para toda la vida por premio de la virtud un gran poder en la república, siendo dueño de la muerte, de la infamia, y en general de las cosas de más entidad. Hacíase la elección de esta manera: reunido el pueblo, elegía ciertos hombres de probidad, los que eran encerrados en una estancia próxima, donde, no pudiendo ni ver ni ser vistos, oían, sin embargo, la gritería de los congregados; porque era el clamor público el que decidía de la elección entre los candidatos, los cuales, no todos de una vez, sino de uno en uno por suerte, daban en silencio un paseo ante la junta. Los encerrados tenían unas listas, y en ellas señalaban el punto a que respecto de cada uno subía la gritería, no sabiendo de quién se trataba, sino sólo que fue el primero, el segundo, el tercero, u otro, según el número de los que habían ido pasando; y aquel por quien había sido de mayor número y más sostenida, era el que quedaba nombrado. Coronábase éste y visitaba los templos, llevando en su seguimiento a muchos jóvenes que lo ensalzaban y proclamaban, y también muchas mujeres, que con cánticos le elogiaban y le daban el parabién. Cada uno de sus apasionados le obsequiaba con un convite, diciéndole: “Con esta mesa te honra la patria.” Pasaba de allí al banquete público, donde todo se hacía según costumbre, excepto que al presentarle la segunda porción la tomaba y la guardaba; y después del banquete, a la puerta misma del edificio, concurriendo allí las mujeres de su parentela, llamaba a la que tenía en más aprecio, y, dándole la porción, le decía: “Que habiéndola recibido como premio, se la regalaba”; con lo que las demás, elogiándola también, la acompañaban a su casa.»

Se observa que la típica distinción politizada entre dorios y persas (historizada dramáticamente por Ésquilo) exploró y fatigó los principios democráticos que le dieron carta de naturaleza a sus correspondientes leyes. Es necesario no confundir al sustantivo con sus atributos o, lo que es lo mismo, al hecho en sí con sus principios constitutivos. A su vez nos pareció más propicio hacer énfasis en los principios democráticos de la antigüedad persa por abonar a los argumentos que se proponen deconstruir la enemistad Occidente-Oriente de cara a la formación de nuevas misiones diplomáticas de pacificación ante los conflictos contemporáneos en 2022.

Sería tal vez exagerado pensar, pues, y con afán de ser justos, que los iraníes inventaron exclusivamente como tal la democracia a la que se ciñe Occidente, pero es innegable, no obstante, el hecho de que exploraron sus principios correctivos antimonárquicos, antidogmáticos y antiabsolutistas: un hecho escasamente conocido que necesita propalarse más ante el advenimiento anticolonial de un nuevo orden multipolar con regionalismos soberanos pluriétnicos.

Miguel Cabrera

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